Círculos

Concéntricos

Autor: Amalio Rodríguez.

Ilustración: David Senabre.

Música recomendada por Nulex.

CLARENCE VÖN I

 

La Fénix pidió permiso para entrar en la atmósfera de la nave-mundo. El puente de mando, situado en uno de las plantas más altas del edificio de gobierno, dio acceso a la nave tras comprobar que cumplía con todos los requisitos pertinentes; no había ninguna orden de retención y, tras el análisis de formas de vida detectaron solo la presencia de dos adultos y una joven, que se identificaron a sí mismos como miembros de la misma familia buscando un lugar donde establecerse.

El cristal de Vex creó una burbuja que rodeó a la nave, impidiendo que la atmosfera de la nave-mundo se viera afectada en ningún momento. La burbuja se acercó hasta la cúpula y una apertura permitió la entrada de la Fénix oscura. Tras su entrada el cristal de Vex volvió a su estado anterior dejando sobre su superficie el eco de unas ondas concéntricas.

Desde lo alto del balcón del edificio de gobierno, Héctor, con una copa de vino en una mano y un puro en la otra contemplaba la entrada de la nave. Satisfecho miraba desde aquella exclusiva atalaya, construida según sus indicaciones: “Quiero que sea semicircular, de color oscuro y con gárgolas con forma de Alien, los de la vieja película del siglo XX” Héctor, además de un maldito traidor también, era un friki como mi padre, pero mientras uno lo era de Star Wars, el otro lo era de la saga de Alien.

La nave atracó en el puerto aéreo de Sullk, a las afueras del centro urbano. Cuando se abrió la puerta de la Fénix bajaron sus tres ocupantes, una familia, o eso parecía, compuesta por padre, madre y una joven. Vestían ropas del más puro estilo urbanita espacial, nada de armaduras geminianas, nada de yelmos, nada de armas. Una familia de las muchas que diariamente visitaban la nave-mundo.

-Me tira la entrepierna.- Dijo el geminiano mientras se estiraba el pantalón con un gesto bastante elocuente.

-Calla.- Reprochó Mrck.

-Tengo ganas de quitarme esta ropa de palurda.- Susurró Cadena.

Para ella no fue fácil volver a la Clarence Vön I. Allí había pasado los peores años de su existencia, allí había sido víctima de las vejaciones, maltrato y violaciones de un psicópata. Lo último que podía desear era volver a ese lugar. Estaba prácticamente segura de que Ribard no estaba muerto, no sabía cómo podía estar tan tremendamente convencida, pero algo le decía que aquel animal seguía con vida, que le encontraron en su apartamento y le salvaron…no sabía cómo, pero en su interior estaba segura.

-Él sabe que estamos aquí.- Dijo el trasunto de mi padre apareciendo junto a Cadena y andando con total normalidad.

-Lo sabemos y es lo que queremos.- Reconoció Mrck.

-De hecho deberíamos llamarle.- Apuntó el geminiano.

El despacho de Héctor, en la planta 26 del edificio de gobierno era amplio, muy espacioso, se diría que más que despachar asuntos tras su enorme mesa de escritorio, vivía allí. Sillas de madera antigua, mesas del mismo material, alfombras rescatadas de algún palacio de la Tierra tiempo atrás destruido, espejos, cuadros de autores fallecidos hacía más de mil años y, entre todo ese esplendor, Ribard y Héctor. De pie, mirando una proyección holográfica de tamaño pequeño en la que se veía a los tres viajeros y a la imagen de mi padre andando por las calles de la ciudad.

-Está algo cambiada, pero es ella, sí.- Reconoció Ribard con una sonrisa entre nerviosa y angustiada.

-Vienen de camino. Quiero que vayas a la sala contigua. Allí verás todo lo que suceda aquí durante mi charla con ellos. No salgas, no quiero que sepa aún que estás aquí.

Ribard salió del despacho cerrando la puerta tras él.

-Hola, amigos. – Dijo con una sonrisa, tan falsa como él mimo, Héctor.

La imagen del gobernador apareció junto a la de Mrck. Todos se detuvieron al verle.

-¡Héctor! Cómo estás, íbamos a llamarte ahora. Necesitamos verte.-Dijo el geminiano.

-Os envío un trasporte ahora mismo. Estoy en el edificio de gobierno. Venid, tenemos que hablar de cómo encontrar a Jan. Hay que localizarle, nos quedamos sin tiempo.

-Sobre todo tú. – Murmuró Cadena.

-¿Decías?- Preguntó Héctor.

-Nada, que lo que digas tú.- Mintió Cadena.

Apenas habían interrumpido la comunicación, una pequeña nave urbana se situó a su lado, abrió su puerta lateral y los tres subieron. Pasados unos segundos estaban frente al barroco balcón del despacho del gobernador y un minuto más tarde, sentados en sus sillas que crujían al notar el peso de sus ocupante.

-Bien, no sabemos dónde está Jan.- Comentó Héctor y añadió.- ¿No es así?

-Así es, Héctor, no lo sabemos, aunque tenemos una ligera sospecha.- Apuntó Mrck.

-¡Será posible!-Exclamó ilusionado el gobernador.

-Bueno, hay una remota posibilidad. Mrck, Cadena y yo tenemos la sospecha de que Jan se oculta en esta nave-mundo.

-Es imposible, hemos rastreado todos los vectores genéticos de los ciudadanos de la ciudad, incluso de aquellos que habitan a las afueras y en los bosques, no hay resultado positivo. Ninguno. Os equivocáis. ¿Qué os hace pensar eso?

-Cuando Jan salió de Muney en la nave geminiana me dejó su Nulex y ahí está el registro neuronal de Jan, no lo borró, tenemos toda la información, además de sus gustos personales, también sus…

A la vez, la voz de Héctor repitió la palabra que pronunció Cadena. Lo hizó con ilusión y ansia: “…planes”

-¡Claro! ¿Cómo no se nos ocurrió antes? Pero, ¿cómo ha esquivado los rastreos de ADN que hemos realizado.

-Creemos que no ha salido de Turk, mi nave. En el tiempo que lleva aquí.- Mintió siguiendo el plan el geminiano. – Está capacitada para crear un campo mimético, lo que habría hecho que entrase junto a cualquiera de las miles de naves que acceden a la Clarence Vón diariamente. No la habríais detectado nunca.

-Sí, tiene sentido, pero, algo no me cuadra.

Los nervios casi se notaron en los rostros de mis tres mentirosos defensores.

-¿El qué, Héctor?- Preguntó Mrck.-¿Por qué se esconde aquí, qué espera?

-Precisamente lo que ha conseguido.- Dijo Cadena.

-No entiendo.

-Que no le busques aquí.- Concluyó.

-Tenemos que encontrarle, es tu nave. Tenemos que decirle que estamos de su lado, tenemos que encontrarle.

Héctor se había creído la mentira, tan grande como su nave, que le habían contado. Su ofuscación por conseguir mi cabeza era mayor que su sentido de la lógica elemental.

Los tres se despidieron de Héctor y marcharon a la calle con la falsa intención de buscarme. Ribard, salió de la habitación y tras colocarse junto a Héctor, le miró de arriba abajo, con el desprecio que le daba el sentirse intelectualmente superior y le espetó un tajante.

-Mienten.

-¿Cómo?

-Mienten, seguro.

-No, no seas estúpido, ¿cómo van a mentir? No sospechan nada. Tienes a la muchacha a tu disposición, que es lo que te interesa, cuando encontremos a Jan, no antes.

Ribard bajó las escaleras que separaban la entrada del edificio de gobierno de la calle, se puso las manos en los bolsillos y con la  seguridad de que nunca encontrarían a Jan, porque Jan no estaba en esa nave, se dirigió a la búsqueda de Cadena.

La nave de V.I.D.A. llegó por la noche. Era imponente. En su interior, Altus, el presidente de la corporación, en persona. Héctor, tras despedir a sus supuestos cómplices, había puesto en conocimiento de Altus la noticia y este, sin dudarlo decidió embarcarse en su nave de protocolo corporativo y viajar hasta la Clarence Vön I apra estar presente cuando mi captura tuviera lugar.

Los planes iban mejor de lo que nunca ninguno de los tres había pensado. El presidente en la nave-mundo, ahora solo les faltaba saber dónde estaba yo, porque sin mí, no había forma de completar el plan. Pero yo, podríamos decir, tenía algo de lío.

HUNDRUX 5. CIUDAD SUNDUR.

 Habían pasado 10 horas desde el requerimiento de extracción hasta que las naves bélicas de la corporación, 6 de ellas, llegaban a la órbita de Hundrux 5.

10 HORAS ANTES.

Carl había comunicado a los ciudadanos de Ciudad Sundur cuál eran sus intenciones y estos, entre vítores, aplausos y gritos de alegría, habían ratificado a su líder. Entonces les pidió algo que yo no entendí en su momento. Les pidió que cavasen una trinchera en el perímetro de la plaza  y que luego la cubriesen con telas, hojas y tierra levemente. Sin entender muy bien para qué y sin que me confiase el motivo emprendimos a continuación la marcha hacia los clanes de los círculos exteriores.

La llegada hasta ellos fue casi más difícil que la negociación, a medida que salíamos de un círculo y entrabamos en otro era más complicado entendernos de una forma mínimamente razonable con los habitantes de cada uno  de ellos. Cuanto más lejos del centro de Sundur más y más arduo. Poco a poco fuimos convenciendo, sobre todo Carl, a los líderes de los círculos, que se iban uniendo a nuestra comitiva. As fue como llegamos al círculo más externo, en el que el propio mal estaba instalado y allí nos encontramos con algo que no estábamos preparados para ver.

La separación entre este último círculo y los demás no solo era física, también el olor la marcaba. Al acercarnos notamos un hedor nauseabundo que más bien recordaba a un pudridero que a una aldea habitada con personas, pero es que, como nos dimos cuenta luego, aquello no eran personas.

Empalados en distintos puntos del camino encontramos extremidades de personas, sobre todo niños. Pequeños brazos y piernas, algunos con partes mordidas, otros no, pero asquerosamente gráfico. El rojo de la sangre era el color predominante en ese círculo. Allí los asesinos y psicópatas tenían su imperio de maldad y locura. Llegamos a una especie de aldea donde cada una de las chabolas estaba construida de un material, ramas, heces, barro, huesos (seguramente humanos), árboles… escuchamos unos tambores con ritmo estruendoso y sin ningún compás que, seguramente anunciaban nuestra llegada. Éramos unos 50 y no había ni uno solo de nosotros que no estuviera, literalmente, cagado de miedo.

Del interior de una gran cabaña, construida con huesos humanos, y recubierta de piel, de mujeres, hombres y niños, salió un hombre alto, cubriendo su cara con la piel arrancada de alguna víctima, parecía lo que un día fue una mujer. Se situó frente a nosotros y nos gritó un casi ininteligible: “¡Quécreis!”

-Venimos a proponeros una unión.- Dijo Carl con envidiable voz rotunda.

-No, vismorir.- Dijo el que sin duda era el líder.

-No queremos pelear, venimos a ofreceros una oportunidad.

-¡Nortunidad no! ¡Noremostunidad!- Gritó el líder.

Hablaba una especie de dialecto de nuestro idioma en el que, por los años allí o por la propia pereza, se habían suprimido los espacios entre las palabras.  Creímos entender que no querían oportunidad, que no querían oportunidad. Y lo entendimos bien, porque justo en ese momento de las distintas cabañas salieron otros tantos seres, porque nos e les podría llamar humanos. Algunos armados con lo que parecían fémures afilados en su punta, otros con pequeños arcos hechos con costillas y tendones, los más con tibias afiladas y escudos hechos con piel humana. Se situaron a nuestro alrededor. De una de las tiendas vimos cómo alguien empujaba una especie de carros en los que los torsos vivos de unos niños, seguramente los propietarios de los niños que habíamos visto por el camino, nos miraban con rabia y pena en los ojos. Eran como trozos de comida con vida.

Carl pidió que nos colocásemos en posición defensiva, pero mi abuela no pudo contenerse y al ver a los niños atacó directamente a su líder, la lanza de Yulma le entró por uno de los ojos de la máscara y alcanzó el real del tipo, saliendo por la parte trasera de su cabeza, dejándolo  seco al instante. El resto de habitantes de la aldea miraron absortos la escena y mi abuela, lejos de parar ahí empezó a luchar con cada uno de ellos, dejando tras de sí un reguero de sangre. Todos la mirábamos extasiados, sus movimientos, los que me había enseñado, fluían de una forma irreal. Su lucha era una danza, de una víctima a otra futura víctima y de esta a otra, así, en menos de 5 minutos había acabado con todos los que nos hacían frente.

Yulma se colocó tras los niños que con gestos esperanzado miraban a su salvadora.

-Ven a nuestras coordenadas.

La nave llegó casi al instante y tras unos minutos todos estábamos montados en ella. En silencio. Sin poder hablar de lo sucedido. Finalmente Carl habló.

-No nos hacían falta. Ya estamos todos. Enviaremos un mensaje a los demás clanes para defendernos de ellos e intentar salir de aquí.- Me miró y confidente me dijo.- Espero que tengáis pensado cómo hacerlo.

-Confía en nosotros.

Era nuestra única opción confiar en nosotros mismos. Sobre todo ahora que las naves ya estaban sobre nuestras cabezas. Una a una fueron aterrizando en la plaza central de Ciudad Sundur. De ella bajaron droides de combate dispuestos a rodear el perímetro y situarse frente a las casas.

Al llegar a la zona más cercana a las casas los droides fueron cayendo en el foso que Carl había ordenado cavar. Ahora lo entendí todo. Los ciudadanos se acercaron a la orilla de las trincheras para lanzar palos y piedras a los robots, algunos saltaron al interior y lucharon con ellos cuerpo a cuerpo, los que lograron quitarles sus armas dispararon a algunos de ellos y tras 15 minutos de lucha sin cuartel, los droides estaban destruidos y las naves eran nuestras.

Desde el interior del edificio del sector 3 vimos cómo el pueblo había vencido. Carl miró a Yulma.

-No os íbamos a dejar todo el trabajo a vosotros.

-Ahora ya tenemos un plan de escape.

Los distintos clanes de los círculos exteriores, menos el último, llegaron a la plaza y montaron en las naves, solo aquellos capaces de afrontar una lucha como la que iba a suceder en breve, una lucha talvez suicida, contra la corporación más poderosa de la historia de la humanidad.

Yulma y yo subimos a Turk y emprendimos la salida, escoltados por las naves de V.I.D.A. que fueron el salvoconducto perfecto para salir de la órbita de Hundrux 5.

-Jan, intentan contactar con nosotros desde la Clarenc Vön.

-Acepta, Turk, Por favor.

Deseaba que fuera Cadena, lo deseaba con todas mis fuerzas. Desde hacía meses no sabía nada de ella, nada de lo que le había pasado ni qué planes tenía. En todo momento podía haber conectado con Nulex, pero nunca quise que localizasen mi posición en el universo y que me enviasen a buscar. Ahora, en cambio, me daba igual, me sentía poderoso, me sentía con fuerza suficiente como para hablar con ella, si es que era ella, claro,  y decirle: “Hola, Cadena, voy a acabar con la corporación y luego voy a pasar el resto de mi infinita vida contigo”

La imagen holográfica de una habitación desagradablemente familiar para mí apareció ante mis ojos. Era el apartamento de Ribard. En el centro del salón, justo frente a la ventana seguía aquel potro horrible de tortura y en él, atada de pies y manos, Cadena.

-¡¿Qué cojones haces!?- Grité desesperado.

-Qué sorpresa, esto va a ser más fácil de lo que pensábamos. ¡Has contestado!- Dijo sonriente Ribard.

Era una pesadilla, no podía estar sucediendo, otra vez no. Cadena miraba mi imagen holográfica en el salón, sus ojos se salían de las órbitas, lloraban. Su boca tapada con una cinta le impedía emitir ningún sonido.

– Bien, muchacho, ¿dónde estás? O, mejor ¿cuándo vienes? No querrás que nuestra amiga sea un bonito cadáver cuando llegues, verdad. Ya sabes dónde estamos. Te espero.

-Si le tocas un solo pelo te juro que iré a por ti y te mataré de la forma más horrible que puedas imaginar.

La conexión se cerró y yo caí al suelo con la misma indefensión de un droide en Ciudad Sundur. Las lágrimas me llenaban el rostro. Yulma se acercó hasta mí.

-No llores, Jan. Convierte esa rabia en fuerza. ¿Dónde vamos ahora?

Me levanté del suelo y agarré mi lanza y mi yelmo.

– A la Clarence Vön I, Turk. Tengo que liberar a Cadena, otra vez.

 

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