III

El desconocido

Mi propio Boba Fett

Autor invitado: Miguel Ángel Rodríguez Chuliá.

Ilustración: David Senabre.

 

 

Música recomendada por Nulex.

Lo que transcribo a continuación ocurrió entre mi viaje involuntario al monte Olimpio y mi encuentro con Héctor. Un encuentro que marcaría mi viaje en muchos aspectos, al igual que lo que vas a leer ahora.

 

EDIFICIO CORPORACIÓN V.I.D.A.

 

El desconocido dejó suspendida en el aire su nave frente a la planta 100. Entró en la sala de recepción y miró mientras sonreía burlonamente, bajo su yelmo, al contemplar tanta artificial pulcritud en la decoración de la sala.

― Buenos días, señor. Soy el ente de reconocimiento de identidad asignado para este día en esta franja de espacio vivido en la torre de la corporación V.I.D.A., puerta de acceso oeste. Necesito que se despoje del yelmo y la capa, debo verificar su identidad, así como asegurarme de que no lleva armas.

― He sido invitado por el presidente de la corporación. No llevo armas, déjame pasar.

― Es un día luminoso y feliz, señor. Sienta la paz de Terra 24, hay que seguir las normas para alcanzar la paz.

― ¿Conoces algo de la tecnología geminiana,” bicho”?

― Por favor no haga eso señ…

― ¡Alto, no se mueva! ¡Vamos, todos a sus puestos, redúzcanle! – Gritó un proactivo soldado de la corporación.

― Sólo tienen que confirmar con su presidente si mi presencia ha sido requerida, después pueden seguir haciendo en el cuarto de emergencias lo que fuera que estuvieran haciendo antes de ver implosionar por las cámaras a esa maquinita voladora.

El desconocido no era muy partidario de mantener conversaciones muy largas con ningún bicho, ente o cualquier elemento no biológico. Bueno, la verdad y como descubrí más tarde, el desconocido no era de mantener conversaciones muy largas con nadie. Cuando apareció de repente un ente diplomático, y les ordenó a aquellos soldados que bajaran las armas y le franquearan el paso, el desconocido miró la pelota de metal comprimido en la que se había transformado la célula de inteligencia artificial que estaba a sus pies y lo siguió mientras, le daba la bienvenida en cuarenta idiomas o dialectos de la primera tierra, sin saber realmente si le entendía.

Los geminianos – que como supe más tarde, es lo que era –  son así, su contacto con los mundos derivados de la tierra se había interrumpido hacía más de cuatrocientos años. En ese momento el desconocido no entendía por qué la corporación necesitaba a uno de los suyos, aunque, en su extraña escala de valores intelectuales entender no es una prioridad, la disciplina es lo primero, y cuando su líder le pidió que se desplazara a Terra 24, él, sin necesidad de entender nada, se desplazó y poco más.

― Pase, por favor ¿Le molesta la luz blanca? Tengo entendido que en Géminis la calidad de la luz no es como la de la Tierra.

― ¿A qué se refiere con lo de “la calidad”?

― Por favor, no quería ofenderle, sólo que estamos tantos años separados con poco o, ningún contacto, que nos hemos convertido en desconocidos.

― ¿Por qué estoy aquí?

― Le pedimos a su líder un favor y nos aseguró que usted era el hombre ideal, verá; nos han robado.

El geminiano se sentó enfrente de aquel hombre ignorando a los otros cinco que estaban sentados en torno a aquella mesa circular de ónix pulido a espejo. Se les veía nerviosos, intentaban adivinar su cara y su cuerpo a través del yelmo de diamante tallado y su capa púrpura semitransparente, el contraste que provocaba el gris oscuro de sus uniformes, el negro de la mesa de reuniones y el potente blanco de la luz cenital, hacía que el desconocido pareciera, en aquella sala, la única forma con color.

― ¿Qué les han robado?

― ¡El orden, nos han robado el orden! – Espetó alarmado el vicepresidente de V.I.D.A.

― Vicepresidente, por favor, tranquilícese. Debemos explicarle a nuestro invitado la historia desde el principio.

― ¡Ha sido un ataque al sistema!

― Vicepresidente…por favor.

― Disculpe al vicepresidente, ama, como todos lo hacemos, al sistema y su orden, pero es una persona pasional, a veces en exceso, vera: hace algún espacio vivido, ustedes lo llaman tiempo, el JIS declaró culpable de asesinato a un joven.

― ¿El JIS?

― Si. El Juzgado Infalible Sacro; nuestro pilar del orden. Declaró culpable, como le decía, a un joven del asesinato de su padre, lo arrojo desde el último piso de este mismo edificio.

Yo acusado por el JIS de haber asesinado a mi padre. No hay mayor estupidez posible. En lugar de Juzgado Infalible Sacro deberían llamarse Juzgado de Imbéciles Simplones. Perdón, sigo con la historia.

― ¿Por qué lo hizo? – Preguntó con toda lógica el geminiano.

― Desconocemos los motivos, si es que realmente hubo alguno, lo cierto es que el JIS precisa al menos de cuarenta y ocho horas, desde que es convocado, para emitir un veredicto, alabada sea la sagrada división celular.

― Cuando fue declarado culpable los guardias se presentaron en su casa para detenerle, pero había escapado. Desde entonces, a pesar de haberlo buscado, no sabemos nada de él.

El desconocido nunca había entendido la fe que depositaban los inmortales en el JIS. Para ellos no era más que lo que era: un puñado de organismos celulares del tamaño de un puño, una sala llena de ellos en estado de hibernación que eran devueltos a la vida cuando había que juzgar a alguien y su ciclo de división celular era de cuarenta y ocho horas, si la siguiente división celular resultaba ser par; el acusado era inocente, si impar; culpable, y el castigo era único independientemente de la gravedad del delito: la muerte. La corporación había sacralizado la división celular natural.

― Entonces está claro que el chico no es inocente según su JIS ¿No?

― El JIS no puede errar, la “I” significa infalible como ya le he dicho. (Bueno, eso es discutible, como ya os he comentado antes…perdón de nuevo)

― No es posible entonces que fuera un suicidio ¿No?

― Como vicepresidente debo decirle que sus dos últimas preguntas pueden considerarse como contrarias al orden y por lo tanto no afectas a la paz, algo peligrosamente cercano a la disidencia.

― Yo no puedo ser un disidente porque no vivo en su sistema ni soy afecto a él.

― Le ruego que perdone de nuevo al vicepresidente, pero todo se reduce a algo muy simple: la perfección de nuestro sistema ¿Sabe por qué nuestro sistema es perfecto?

― ¿Lo es?

― Nuestro sistema es perfecto porque no existe, ni debe existir otro. La disidencia no es conveniente ni tolerable, nuestro sistema es el orden, la seguridad y la inmortalidad, y créame: en un sistema donde la única pena posible es la muerte, tanto el suicidio como el asesinato son la mayor manifestación de disidencia posible.

― ¡Cierto señor presidente! Sólo existen esas dos formas de disidencia, da igual una que otra. El único poder que asume el sistema como propio es interrumpir la inmortalidad, es decir, poder administrar la muerte. Si alguien usurpa ese poder, sea voluntariamente o no, desafía el poder del sistema.

― Gracias vicepresidente por aclararle a nuestro invitado la situación ¿Entiende usted ahora lo irrelevante de saber si fue suicidio o asesinato?

― Entiendo algo mejor ¿Qué hago yo aquí entonces?

― Debe traer al chico para que se cumpla la sentencia, si lo encuentra, y está muerto, usted dirá que ha sido usted mismo el que ha ejecutado la sentencia por encargo de la corporación. Las sentencias del JIS se cumplen siempre.

― ¿Por qué yo? Ustedes tienen guardias, soldados y sicarios…perdón, profesionales de sobra.

― Por una razón política ¿Sabe cuántos condenados han huido para que no se aplique su pena en seiscientos años? Se lo diré: ninguno. Nuestros ciudadanos siempre han aceptado que la vida que administra la corporación es sagrada, si alguien mata; muere, si alguien intenta suicidarse y no lo consigue; muere también.

― Vale el chico es un disidente, el primero en muchos años, pero eso no responde a mi pregunta.

― No podemos correr el riesgo de que nuestros guardias le encuentren y se vean manchados con su disidencia, imagínese si el chico les convence de que es posible huir de la ejecución de una sentencia. Sería el principio del fin de nuestro sistema, o peor, que les convenza de que mató justamente a su padre.

Usted, en cambio, no es de los nuestros, da igual de qué lo convenza. Hará su trabajo y volverá con el chico, o dirá que ejecutó usted mismo la sentencia. Usted, no es un problema político.

― Lo entiendo.

― ¿De verdad no le molesta la luz?

El desconocido se quitó el yelmo geminiano mirando a la cara del vicepresidente, quien, entre gritos y sollozos, al ver su barba canosa y las arrugas de expresión alrededor de sus ojos y boca, le insultaba llamándole mortal, le llamaba viejo y le acusaba de ser naturista, intentando apartarse de la mesa mientras los otros cuatro agachaban la cabeza y fijaban su mirada en el brillante negro intenso de la mesa sin apenas moverse de las sillas.

― Vicepresidente, tranquilícese por favor, los geminianos rechazaron parte de la tecnología que heredaron; viven unos doscientos cincuenta años, no más, lo decidieron así; también decidieron envejecer.

Nuestro invitado estará cansado por la conversación, también son muy parcos en palabras. Un ente domestico le acompañará a su aposento.

El desconocido siguió al “bicho” valorando la posibilidad de hacer implosionar la sala con aquellos hombres dentro para poder decirles a todos los habitantes de Terra 24 que ya eran libres y mortales, pero lo descartó; lo primero no lo hubieran entendido y lo segundo no se lo hubieran perdonado nunca.

Así es como descubrí que un cazarecompensas geminiano me perseguía hasta dar conmigo y ajusticiarme. Y lo haría, en breve, porque para un naturista si algo importa es el tiempo y él tenía poco, infinitamente menos que yo…y esa era mi condena. Su limitación de tiempo le obligaba a cumplir con su misión sin perder ni un solo minuto.

Y no lo perdió.

 

 

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