IV

El grito

Donde van los desaparecidos I.

Autor: Amalio Rodríguez.

Ilustración: Almudena Yagüe.

 

Música recomendada por Nulex.

 

Creo que no exagero si digo que, tras entrar en la casa prestada de Héctor, estuve durmiendo tres meses. Bueno, sí exagero.

Me desperté con la sensación de haber estado toda la noche masticando metal. Me acerqué a la bañera, era enorme y, curiosamente, situada fuera del cuarto del ER (Eliminador de Residuos). Os aclaro, queridos lectores imaginarios del siglo XXI; en el futuro hace años que no expulsamos las heces por vía rectal. Lo que nos roba el extraño e incomprensible placer de vuestro tiempo. Sí, ese de mirar vuestra «obra» tras la deposición. Actualmente nos colocamos frente a un dispositivo, el ER, y este elimina nuestras deposiciones antes de que salgan. No tengo ni idea de cómo se hace, yo soy más de terraformar planetas no de hacer desaparecer la miERda. Con perdón.

Me metí en la bañera, situada frente a la ventana de Vex que mostraba la fachada del edificio de en frente, pero que gracias a sus propiedades impedía que desde fuera me vieran.

Me zambullí lentamente hasta que el agua me cubrió por completo. El silencio me aisló del exterior, tanto que casi no la escuché gritar. Pero afortunadamente lo hice.

Era el grito desesperado de una niña. Sí, debía de ser una niña de no más de 12 años. Era un tono agudo, estridente y lleno de rabia y desesperación.

Salí de mi improvisada cámara de aislamiento acuático y miré por la ventana hacia el lugar de donde creí que procedía aquel grito, un edificio de viviendas de grado bajo, destinadas a profesionales no especializados. En una de sus ventanas, abierta, pude ver a una joven. No, no era una niña. Estaba en el borde del marco de la ventana de Vex. Por algún motivo se había desactivado la protección del cristal y la muchacha estaba a un paso de caer desde unos 5 metros de altura. Decidí advertirla.

– ¡Nulex! Abre ventana baño.

La ventana desapareció lentamente y pude lanzar un grito, pero antes de que la joven pudiera escucharme vi como un hombre se acercaba a ella y con su mano la agarraba violentamente del cuello, ante su asombro, y la metía de nuevo dentro. Al instante la ventana volvió a cerrarse ocultando su interior.

La fuerza con la que habían metido a la chica dentro no parecía la normal para alguien que intentaba protegerla. Parecía ejercida sin ninguna prudencia. Aunque claro, ante un peligro como ese, lo normal es no medir la fuerza, era un gesto instintivo, automático, la única preocupación era la de salvar a la joven.

Me quedé allí de pie, mirando la ventana porque algo no acababa de encajarme en aquella escena que acababa de contemplar.

– ¡Bonito cuerpo! – Me gritó una voz masculina desde la calle.

-Nulex, cierra la ventana.

La Clarence Vön I no era una nave-mundo al uso. Me explico: la sociedad dentro de la nave-mundo se regía por las normas de la corporación V.I.D.A., como, por otra parte, todo el universo conocido, pero contaba con ciertas licencias que le conferían una capacidad legislativa peculiar en determinados aspectos. Uno de ellos, sin duda el que más me favorecía, era que las fuerzas de seguridad de la corporación no entraban en la nave-mundo sin permiso del gobernador. Se contaba con un ejército propio, un millón de efectivos entre humanos, geminianos y EBB (Entes Biológicos Bélicos). Este ejército se encargaba tanto de la seguridad de la nave-mundo, repeliendo los ataques de saqueadores, como de imponer la ley en el interior de sus ciudades. 

La seguridad de más de cien millones de ciudadanos dependía de un millón de soldados. Sin duda eran pocos, pero su supuesta independencia sumada al hecho de que mi padrino era el gobernador, me aseguraba una cierta tranquilidad hasta llegar a mi destino. 

Salí de la casa con la intención de pasear, ni más ni menos. Necesitaba estirar las piernas. Anduve pensativo durante más de una hora y cuando me quise dar cuenta me descubrí frente al edificio donde la joven había estado a punto de caer al vacío.

Instintivamente miré hacia arriba y localicé la ventana sin dificultad. El cristal de Vex, ahora oscuro, no dejaba intuir nada de lo que ocurría dentro. Decidí seguir mi camino, rodear la manzana y volver a casa, pero cuando iba a hacerlo me topé de cara con el hombre que había salvado a la muchacha de una manera tan efectiva como expeditiva . No pude evitar saludarle. Me miró desconcertado y me devolvió el saludo sonriendo levemente.

Claro, él no sabía que había sido testigo de lo ocurrido en su casa y, para que no me tomase por loco, decidí comentárselo.

– He visto lo de esta mañana. – Dije con gesto preocupado.

– ¿Cómo? – Acertó a decir el hombre.

– Lo de la ventana, la muchacha, su hija supongo, que casi se cae.

A medida que iba pronunciando cada palabra que formaba la frase anterior, su rostro fue pasando de su tono blanco cetrino a rojo y su gesto borró la forzada amabilidad para adoptar una expresión primero de desconcierto, luego de ira contenida y finalmente de rabia. No entendía nada. El tipo se largó sin apenas despedirse. Se fue rápido hacia su casa. La puerta se abrió al detectarle y yo me quedé mirando su escapada sin entender absolutamente nada, pero con algo en mi mente bastante claro; ese tipo ocultaba algo o a alguien.

 

-Quiero ver al gobernador, se lo digo en serio, nos conocemos.

Ese soy yo, dos horas más tarde pidiéndole por tercera vez a un soldado de la nave, que hacía guardia en la puerta del gobierno local, que quería ver a Héctor.

-Imposible.

Y ese es él diciéndome por tercera vez lo mismo.

¿Cómo pretendía que hablase con él? ¿Por lo visto acceder a su despacho era más difícil que convencer al JIS de mi inocencia?

Frustrado me di la vuelta y decidí ir a comer algo, no sin antes activar el Nulex y pedir la presencia de mi padre que se materializó al instante tras un montón de líneas de código, como solía hacer. Me saludó con la mano derecha levantada, como quien lleva tiempo sin ver a un amigo.

-Hola. ¿Cómo se supone que puedo contactar con Héctor?

-Llamándole a su célula de inteligencia.

Obviaremos la cantidad de improperios que pensé en ese momento, todos dirigidos a mí mismo.

-Sí, claro. Esto, perdona, ¿A qué te referías con lo de que me acusan por lo que soy? No lo entiendo. ¿Qué soy?

-Jan, más que por lo que eres, por lo que representas. Estás llamado a acabar con V.I.D.A.

Si existieran los efectos de audio en la vida real ese era el momento apropiado para meter el efecto de una vieja aguja rasgando el aún más viejo vinilo de un, igual de viejo, LP.

-¿Acabar con V.I.D.A.? Papá, eso es imposible.

-No lo es y ellos lo saben igual que tú lo sabes, hijo. Lo llevas muy dentro de ti.

– ¡Yo no sé nada! Lo único que sé es el lío en el que me has metido suicidándote y dejándome con una mala copia de ti. Estoy cansado de esto, quiero sinceridad, quiero la verdad. Tengo que defenderme de la acusación, yo no te maté y ellos no lo van a demostrar.

-Hijo, ellos no quieren demostrarlo, ni siquiera juzgarte. Ellos solo quieren matarte.

Mi padre o eso que parecía mi padre, no dejaba de darme buenas noticias.

-A este paso voy a ahorrarles el trabajo.

-En estos momentos un profesional geminiano viaja a bordo de una lanzadera y se dirige hacia esta nave. Que te encuentre es cuestión de semanas, tal vez días. Pero ambos sabemos que te encontrará.

-Peor me lo pones.

-Trabaja para la corporación y su misión no es otra que hacerte desaparecer. Ni mi muerte ni lo que llevas en el interior puede detenerles…

– ¡¿Qué llevo en el interior!? Hablas de mí como si estuviera embarazado. No llevo nada dentro, papá, si no contamos el miedo, claro.

De ese llevo como para parar en seco la carrera de un elefante de Othuul.

La imagen de mi padre se fue desvaneciendo y, en su lugar apareció la de Héctor.

-Hola, chaval. ¿Me buscabas?

-Sí. – Respondí decepcionado ante la desaparición de mi padre y, de momento, la oportunidad de poder explicarme qué era eso que llevaba dentro.

-Soy todo tuyo. -Proclamó Héctor con su mejor sonrisa de campaña electoral.

-No dice lo mismo el soldado que está en la puerta del palacio de gobierno.

-Claro, por ahí no vas a entrar. Se me olvidó decirte que había transferido a tu célula los datos necesarios para contactar conmigo, pero pensé que un chico listo como tú lo imaginaría pronto.

-Sí, bueno, se me pasó. – Reconocí algo avergonzado y añadí rápido para cambiar de tema. – Como gobernador de la nave-mundo, ¿me podrías hacer un favor?

-Otro, dirás. – Puntualizó Héctor sonriendo.

-Otro, claro.

-Tranquilo, mientras estés aquí seré como tu tío, de hecho, me puedes llamar tío Héctor…

-No, no lo haré. Con un padre virtual tengo bastante.

-Bueno, como quieras. Dime. ¿En qué puedo ayudarte?

-Necesito datos de un ciudadano de la nave-mundo.

– ¡Wow, wow, wow! Espera, no estás pidiendo mesa en el Tajalil Matshuma. Me estás pidiendo algo que en teoría no puedo hacer.

– En teoría, tío Héctor. – Dije con sorna.

El gobernador soltó una de sus estruendosas carcajadas y, acompañada de un suspiro digno de quien acaba de deshacerse de una mochila muy pesada, aceptó ayudarme. 

-Nulex, muéstranos la casa del incidente de esta mañana.

La casa se mostró frente a nosotros y ambos la vimos claramente.

– ¿Qué necesitas saber?

– ¿Quién vive ahí? Entiendo que es alguien solo con su hija, una joven, no tendrá más de 16 o 18 años, pero aparenta muchos menos.

Tras unos segundos de silencio por parte de ambos, Héctor accedió a lo que parecía una base de datos y localizó rápidamente el nombre del ciudadano.

-Su nombre es Ribard, Ribard Miller. Es obrero en sistemas de teleportación. Lleva poco tiempo en esa casa. Exactamente 22 años, pero…

– Pero… ¿qué? – Pregunté impaciente.

-Vive solo.

-Imposible. Vi a su hija.

-No, no tiene hijos, ni tiene pareja registrada en ese edificio, ni mascota, ni célula de inteligencia, ni ninguna actividad, ni hábitos de compra que reflejen que haya tenido ninguna descendencia, ni adoptado a nadie en los últimos 22 años. Solo tiene la placa de teleportación con la que la compañía obsequia a sus trabajadores.

-Pero yo la vi. Yo vi a la muchacha.

-Bueno, chaval, sería una vecina que habría ido a por algo a su casa, no sé… ¿te gustó?, ¿quieres conocerla? Puedes tener a la chica que desees, eres amigo del gobernador…

-No, no es eso.

-Bueno, no sé para qué quieres saber eso, pero me da igual. Si necesitas conocer a alguien solo tienes que decirmelo…

-Me habías dicho que te llamase tío, no proxeneta.

-No te pases. Bueno, supongo que ya estás enterado de lo del geminiano. Está de camino y viene a matarte.

-Vuestra delicadeza a la hora de dar malas noticias solo es comparable con el pedo de un rinoceronte de Cebir.

Héctor me confesó que tenía todo preparado para impedir la entrada del geminiano en la nave-mundo, algo que me tranquilizó a medias. Quedamos en vernos a la mañana siguiente y Héctor prometió explicarme, eso que a mi padre le costaba tanto contarme.

No podía quitarme de la cabeza el rostro aterrado de la muchacha cuando la mano de Ribard la agarró del cuello. Eso y el hecho de que, si no era su hija, ¿quién era? Ese comportamiento violento, aunque fuera supuestamente para salvarla, no era muy normal y su reacción al comentar lo ocurrido lo era menos. ¿Qué se ocultaba tras aquella ventana? ¿Quién era esa joven? Y sobre todo… ¿Por qué no me la podía quitar de la cabeza?

Muchas eran las preguntas que me hacía a mí mismo camino de casa, pero solo tenía respuesta para una:

¿Vas a intentar descubrir lo que está pasando en esa casa?

Y la respuesta era un rotundo sí. Claro que sí.

Aunque lo que encontré allí me  cambiaría para siempre.

 

 

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