VI

EL MALO 

Malísimo

Autor: Amalio Rodríguez.

Ilustración: Almudena Yagüe.

 

Música recomendada por Nulex.

 

“¡Corre, corre, corre, corre!” Básicamente en eso pensaba mientras escuchaba silbar las trazadoras del láser del arma de mi perseguidor sobre mi cabeza. Matarme no me iban a matar, pero me dejarían lo suficientemente aturdido como para meterme en el interior de su nave y llevarme ante el JIS. Ellos ya se encargarían de ejecutarme con alguna de sus prácticas habituales, a cuál menos indolora y más civilizada, pero ejecutarme, al fin y al cabo.

 

Me agaché para protegerme y abracé a Cadena, justo cuando noté el frío metal geminado rozándome la sien. Ya está, se acabó. Este era…un segundo. No sabes de qué te hablo. Recapitulemos.

 

12 HORAS ANTES

 

Cadena se tumbó en la cama de mi apartamento y se durmió casi inmediatamente. Aproveché ese momento de paz para intentar ordenar un poco todas mis ideas en la cabeza. Desde que había salido precipitadamente de mi casa habían pasado tantas cosas que no creía haber tenido tiempo suficiente para hacer un pequeño análisis y ese era el momento.

 

Activé a Nulex y le pedí que materializase un papel de pantalla sobre la mesa. Cuando lo hizo cogí un lápiz de contacto de la mesa del escritorio y empecé a escribir:

 

– Ir a vivir con “mamá” – Hecho.

 

– Que te acusen del asesinato de tu padre – Hecho.

 

– Huir de Marte – Hecho.

 

– Que contraten a un caza recompensas para que me capture – Hecho.

 

– Descubrir la guarida de un psicópata – Hecho.

 

– Rescatar a su víctima – Hecho.

 

– Enamorarme – Hecho.

 

– Ser correspondido – …

 

Borré la lista casi al tiempo de escribir el último punto. No quería que Cadena se despertase y al encontrar la nota descubriera que yo estaba más loco que su anterior “compañero” de piso.

 

– Chaval. – Gritó Héctor al materializarse frente a mí desde el Nulex.

 

– ¿Qué fue de los tiempos en los que cogías la llamada si querías y si no, no? – Dije dándomelas de más mayor de lo que era.

 

– No tengo ni idea, no viví esa época. Bueno, te cuento…

 

– No grites. Está durmiendo.

 

– ¿Quién? – Preguntó sorprendido el gobernador.

 

– Da igual. ¿Qué quieres? – Pregunté y luego añadí – ¡No me jodas!

 

Ok, entre ese “¿Qué quieres?” y ese “¡No me jodas!”  pasaron unos minutos, de ahí ese “luego”. Los suficientes minutos como para que Héctor me dijera que tenía que salir de esa casa inmediatamente porque me habían encontrado. Héctor me había prometido que allí estaría seguro y que el geminado no me encontraría, pero me había encontrado.

 

– ¡No me jodas! ¿Cómo es posible? – Grité sin que me importase despertar a Cadena.

 

– Yo tampoco lo entiendo, Jan, pero no quiero que te preocupes. Tendrás una escolta durante tu estancia aquí. No podrá rastrearte durante el tiempo que estés aquí.

 

– Sí, lo mismo me dijiste la última vez. ¿Por qué me tengo que fiar ahora? ¿Cómo sé que no me va a encontrar y entregar a la corporación?

 

La puerta se abrió sin que yo se lo hubiese ordenado y un soldado de la Clarence Vön I entró. Era un tipo alto, muy alto, tal vez demasiado. De anchas espaldas bajo el exoesqueleto y una actitud confiada que subrayaba la afirmación que acompañó su entrada.

 

– Porque yo te lo aseguro.

 

– Este es Hugo…

 

– ¿Todos vuestros nombres empiezan por h? – Interrumpí no muy oportunamente.

 

– Esto, no…- Carraspeó Héctor y prosiguió. – Hugo es mi hombre de confianza. Estará a tu servicio el tiempo que estés aquí. Será tu sombra. Donde vayas él irá y hagas lo que hagas lo sabrá. Nada te va a pasar, es mi mejor hombre y tengo la seguridad de que nada te ocurrirá cuando llegues a tu nuevo hogar. Hugo está entrenado en las principales técnicas de combate cuerpo a cuerpo, con dispositivos ruborizados, exoesqueletos, armas y…

 

La conjunción copulativa se quedó en el aire justo el tiempo que tardó en caer al suelo el cuerpo inerte del gran soldado Hugo. Una bala de láser sólido atravesó su frente, algo que descubrí al acercarme sorprendido y ver el suelo al otro lado de su cabeza.

 

– Sal corriendo. Te envío las coordenadas a tu célula. Nos reuniremos allí en cuento llegues. Te envío refuerzos ahora y, por favor, que no te maten. Eres demasiado importante.

 

La imagen de Héctor se desvaneció y yo me quedé petrificado frente al cuerpo de Hugo. No se me ocurrió otra cosa que salir hacia la habitación, despertar a Cadena, explicarle que había ido a parar a la casa menos tranquila del vecindario y salir corriendo.

 

Cadena paso junto al cadáver de Hugo y, casi instintivamente, le arrancó el arma de sus frías manos. Se la echó al hombro y la dejó colgar de su correa. Yo, más torpe en general, no pude más que admirar su acto reflejo y dirigirla hacia la zona baja de la casa. Allí, como Héctor me había comentado días atrás, había una salida oculta que, por medio de túneles, nos llevaría hasta el bosque.

 

Corrimos por ella mientras escuchábamos la llegada de las unidades de los soldados enviados por Héctor y el intercambio de disparos con el geminiano. Consulté el Nulex y le pedí que nos sirviera de navegador para llegar hasta el punto indicado por Héctor para reunirnos. Pero hizo algo mejor; se transformó en una nave biplaza, en forma de esfera. Nos acogió dentro y se adaptó a nuestros cuerpos para dejarnos sentados en su interior. Una vez dentro y a una velocidad controlada fuimos escapando de la zona de combate en la que se había convertido lo que hasta hacía unos minutos era nuestra calle. Fue en ese trayecto hasta el lugar seguro cuando pude poner al día de todo a Cadena.

 

– ¿No te sorprende la historia? Pregunté ante la falta de reacción de Cadena.

 

– He pasado 22 años secuestrada en la casa de un puto loco. No pidas que me sorprenda por una historia como esa. Lo que me fastidia es que podría haberme topado con alguien más normal. Y estoy hablando de ti, no de Ribard. – Aclaró.

 

– Ya, bueno, lo siento.

 

– Bien, y ¿qué podemos hacer?

 

– Lo que diga Héctor.

 

– No me tomes el pelo. Héctor puede ser tu amigo, pero es un inepto. No solo ha dejado que matasen a su “mejor hombre” como me has dicho, también ha permitido que tu vida corra peligro. Si de verdad eres tan importante como dice tu padre, bueno, el holograma de tu padre, yo te habría llevado a una instalación militar, no a una casa cualquiera donde, como has visto, te puede encontrar ese caza recompensas. No hay que ser muy listo para adivinar que alguien de confianza de Héctor está chivando todos tus movimientos, eso si no es el propio Héctor.

 

– No, de ninguna manera, él no es. Pero, vale, dime, ¿cuál es tu plan?

 

– Escucha.

 

Cadena tenía razón, pero su plan era tan descabellado que seguirlo al pie de la letra podría significar mi, su, nuestra muerte. Aunque, claro, ¿qué teníamos que perder?

 

Nulex corrigió el rumbo tal y cómo le indicó Cadena, a quién aún no le había revocado la capacidad de poder ordenarle cosas a mi célula.

 

Llegamos al lugar indicado por Cadena. Nulex nos liberó de su suave abrazo esférico y adoptó su pequeña forma de canica habitual, y me lo introduje en el bolsillo. Cadena se acercó a la puerta de aquel lugar, era una casa antigua, debía tener más de dos siglos, seguro. Estaba completamente destrozada. Me acerqué por detrás de ella y contemplé su interior. La puerta estaba hecha añicos, era una vieja puerta de metal videriano, de esas que se suelen ver en los museos; enormes y que parece que para abrirlas se necesite la fuerza de 20 personas. Entramos e inmediatamente Nulex salió de mi bolsillo para iluminar la estancia. Lo que se descubrió ante nuestros ojos era espectacular. Una sala circular con cuadros en las paredes. Algunos lacerados por el paso del tiempo, otros en sorprendente perfecto estado. En el techo una pintura conmemorando la construcción de la Clarence Vön I. Gente despidiéndola en lo que parecía su flotadura. Una enorme ciudad flotante partiendo de una inmensa plataforma ubicada en Marte. El sol al fondo iluminando la escena. En el centro de la sala, justo donde nos encontrábamos nosotros, lo que en su tiempo fue una alfombra de pelo de Vuet negro.  Cadena se dejó caer sobre ella y me invitó a hacerlo a su lado.

 

Me tumbé con la espalda contra la alfombra. El pelo de Vuet tiene la capacidad de absorber la humedad y regular tu temperatura. Así, podríamos estar a -50º pero nosotros, mientras estuviésemos sobre la alfombra estaríamos más a un máximo de 36º.

 

– ¿Cómo conocías este lugar?

 

– Mis padres me traían aquí de pequeña. – Dijo Cadena casi sin pensar.

 

– ¿De pequeña? Pero esto llevará abandonado como 100 años…

 

– Sí, me traían porque vivíamos cerca y, cuando pasábamos por aquí me llamaba la atención y quería verlo por dentro.

 

– Es brutal, la verdad.

 

– ¿A qué crees que se refería tu padre con eso de que lo llevas dentro puede acabar con V.I.D.A.?

 

– No tengo ni idea, pero te advierto que mi padre era un fan incondicional de Star Wars y Luke Skywalker.

 

– No sé quién es, pero tiene un apellido muy gracioso.

 

– No me lo había planteado nunca, pero sí, lo tiene.

 

– ¿Y qué tiene que ver él contigo?

 

– Espero que nada, pero mi padre me cree elegido para algo que no va a ser posible que realice.

 

– Confía en ti. – Dijo Cadena con tono somnoliento.

 

Giró su rostro hacia mí, me miró y sonrió antes de quedarse profundamente dormida. Yo la observé durante un instante (vale, fue más de un instante) y me dormí.

 

Desperté a las pocas horas, los nervios no me dejaban dormir. Ella, en cambio, descansaba plácidamente a mi lado, con el mismo gesto con el que se durmió.

 

Nulex, al que había advertido de que no admitiera llamadas, parpadeaba en rojo para indicar que, durante nuestro placentero sueño, alguien había intentado contactar conmigo varias veces.

 

– Activar archivo de mensajes.

 

– Hola, Jan, soy Héctor, aunque eso ya lo sabes porque me estás viendo. ¿Dónde demonios estás? ¡Dime que no te han matado! He activado la alerta 6 en la Clarence Vön I. La oposición se pregunta cuál es el motivo y ya no se me ocurren más excusas. Ponte en contacto conmigo, por favor.

 

– Conéctame con Héctor.

 

Nulex mostró el despacho de Héctor. Tras el escritorio el Gobernador leía un informe. Levantó la cabeza y me miró tan sorprendido como esperanzado.

 

– ¡Por dios Jan! ¿Dónde has estado? Te he buscado por toda la nave-mundo. – Se levantó y se dirigió hacia mi representación holográfica en su despacho. – Te daría un abrazo si no fueras una proyección. ¿Dónde estás?

 

– Bueno, no lo sé muy bien. Estamos… estoy, estoy en un edificio antiguo, parece como un museo, está devastado, abandonado, no sé…

 

– ¿La antigua delegación de la corporación V.I.D.A.?

 

– No sé. Míralo tú mismo.

 

Le abrí la visión de mi espacio para que lo identificase, pero sin poder ver a Cadena que dormía a mis pies sobre la alfombra.

 

– Sí, sin duda es la antigua delegación de la corporación. No te muevas de ahí, enviaré a los soldados a rescatarte.

 

– Gracias, Héctor.

 

Nulex se cerró y el gobernador volvió a su despacho. Se sentó y miró al frente. En un sillón, sentado y con actitud complacida estaba el mismísimo presidente de la Corporación.

 

– Nunca me lo perdonaré, Presidente.

 

– No tienes nada que perdonarte, gobernador… porque quieres seguir siendo el gobernador, ¿verdad?… ¡Ssssh! Era retórica.

 

El presidente se levantó del sillón y se acercó hasta la mesa de Héctor. Su barriga le quitaba toda credibilidad posible, parecía una caricatura de sí mismo. En una época fue un joven y delgado funcionario de la corporación que, poco a poco, fue medrando hasta llegar a ser elegido presidente de la corporación, un cargo por el que muchos luchaban y que pocos conseguían. El mandato no podía ir más allá de 500 años y el actual presidente, ese enano barrigón que se pavoneaba ahora frente a Héctor, ya estaba cerca de cumplir su mandato y dar el testigo a otro.

 

– Las licencias gubernamentales de las que disfrutan esta nave-mundo y otras se pueden revocar de un día a otro. Tu puedes mandar en este pequeño reducto del universo, pero recuerda que si lo haces es porque yo te dejo que lo hagas. Nunca, repito, nunca vuelvas a desobedecerme. No estás muerto porque me sigues siendo útil, pero tu familia no lo es…

 

– ¡No te atreverás! – Gritó Héctor levantándose de la silla.

 

– No, ahora no. Pero si vuelve a ocurrir algo mínimamente parecido y mis hombres aquí me informan, me aseguraré de que vivas eternamente, no sin antes ver como encierro a tu familia y acabo cada 50 años con uno de ellos frente a ti. ¿Verdad que me serás fiel?

 

– Sí, presidente.

 

– No llego a escucharte bien, tal vez sea la edad.

 

– ¡Sí, presidente! – Gritó entre sollozos Héctor.

 

– Perfecto. Ahora envía las coordenadas del lugar en el que se encuentra el muchacho al caza recompensas.

 

El presidente de la corporación se colocó en el centro de la sala y antes de pulsar su pin y teletransportarse advirtió a Héctor con una última frase.

 

– Y, Héctor, recuerda que eres tan poderoso como yo te dejo ser. No más. Así que si rezas por las noches, como siguen haciendo en algunos teoplanetas…deberías rezarme a mí.

 

La puerta de la antigua delegación de la corporación voló por los aires. El metal videriano saltó en mil pedazos cayendo sobre la alfombra en astillas tan finas y diminutas que, de haber estado allí, nos habrían atravesado el cuerpo completamente.

 

Tras la humareda de la explosión se adivinaba la figura del caza recompensas que se acercaba poco a poco hacia el centro de la sala. Entró esquivando restos de metal al rojo vivo y las zonas incendiadas de la alfombra. Se detuvo en el centro y cargó de nuevo su arma, lentamente, como si no tuviera prisa. Su yelmo relucía ante las pequeñas llamas de la alfombra. Cuando el humo se hubo disipado por completo el caza recompensas volvió a salir a la calle. Activó el zoom de su visera y detectó un movimiento al fondo. Justo donde Cadena y yo nos habíamos ocultado.

 

El plan de Cadena era claro; comunicarnos con Héctor para descubrir si alguien de su equipo nos estaba traicionando. La única forma posible era revelar nuestra ubicación, no sin antes huir de esta para que no nos localizasen, claro. Durante la charla con él, simularíamos, gracias a la realidad inversiva de Nulex, estar en el edificio, pero estaríamos bastante lejos de allí, aunque como acabábamos de descubrir, no lo suficiente.

 

Ya estaba claro, alguien del equipo de Héctor o, lo que era más decepcionante, el propio Héctor, estaba colaborando con la corporación. Ahora teníamos que huir y, bajo el fuego de láser, es lo que estábamos haciendo. Concentrados únicamente en correr.

 

“¡Corre, corre, corre, corre!” Básicamente en eso pensaba mientras escuchaba silbar las trazadoras del láser del arma de mi perseguidor sobre mi cabeza. Matarme no me iban a matar, pero me dejarían lo suficientemente aturdido como para meterme en el interior de su nave y llevarme ante el JIS. Ellos ya se encargarían de ejecutarme con alguna de sus prácticas habituales, a cuál menos indolora y más civilizada, pero ejecutarme, al fin y al cabo.

 

Me agaché para protegerme y abracé a Cadena, justo cuando noté el frío metal geminado rozándome la sien. Ya está, se acabó. Este era el momento. Cadena activó el pin que llevaba en la solapa, el que gracias a todos los dioses a los que seguían rezando en los teoplanetas le había robado a Ribard. En ese momento desaparecimos de delante del geminiano que, ante la frustración, se quitó el yelmo y lo lanzó de una patada lejos. Al hacerlo dejó al descubierto un bello rostro femenino de pelo rapado y ojos violeta. Evidentemente no era el geminiano, entonces, ¿quién demonios era? Y, yendo más allá ¿Dónde habíamos aparecido Cadena y yo? Porque aquel lugar, lleno de luz, con arena de playa y las olas de un mar de color turquesa rozando nuestros cuerpos, aún acurrucados, tal y como nos habíamos teletransportado a los pies del caza recompensas, aquel lugar, evidentemente, no era la Clarence Vön I.

 

– Bienvenido a mi planeta, Jan. – Dijo Cadena mientras se levantaba del suelo y me sonreía.

 

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