X

Jehim

Y los mercados orbitales

Autor: Amalio Rodríguez.

Ilustración: David Senabre.

Música recomendada por Nulex.

 

Pilotar una nave geminiana no es tan fácil como podrías creer. En primer lugar, debería dejar claro que este tipo de naves no son exactamente eso, naves. El símil que más se aproxima para definir este tipo de ¿vehículos? Es que son como una mascota. Necesitan sentir que hay conexión entre quien les conduce y su célula de inteligencia central. Vendrían a ser como una especie de Nulex, pero con la capacidad de tomar decisiones y tener, prácticamente libre albedrío.

Estas naves eran un paso más allá en la inteligencia artificial que, si bien la corporación utilizaba en contados dispositivos, no estaba al alcance del resto de ciudadanos que nos encontrábamos bajo el manto de V.I.D.A. Los geminianos, en cambio, no tenían ese tipo de restricciones, utilizaban esa tecnología en prácticamente todos sus gadgets y las naves, no iban a ser menos. Teniendo en cuenta que, en el caso del geminiano que navegaba en la que yo me encontraba ahora, eran muchas horas, días, semanas, meses e incluso años, viajando de un lado a otro del universo completamente solo.

Por eso pasar del mando telepático al mando de voz fue tan, digamos, complicado.

A ver, nos habíamos quedado cuando, imitando mi mejor voz de hombre muy adulto le dije a la nave: “Llévame al planeta Jehim, en el sistema Trappist-1, tengo que comprar unas bombas de vida”. ¿No? Pues eso mismo respondió la nave, pero sin signos de interrogación.

– No.- La voz era femenina, seca, nada metálica, con desgana y con un tono con el que parecía burlarse de mí. Bueno, se burlaba.

– ¡¿Cómo?!

– ¿Eres sordo? Disculpa. Te mostraré el monosílabo en pantalla.

El panel frontal dejó de ser transparente impidiéndome así ver el exterior de la nave y en el gris metálico en el que se había tornado apareció una enorme N seguida de una no menos grande O. Ambas rojas, por si no la veía bien. Todo un detalle.

Qué coj… ¿Esa máquina me estaba vacilando? Perdón, no es pregunta. Lo afirmo.

– ¿Quién eres? ¿Dónde está mi legítimo navegante?

El panel frontal volvió a iluminarse con las letras, pasando de izquierda a derecha, formando las preguntas que la nave me había acabado de formular.

– ¡No hace falta! No estoy sordo. Y ¿Qué más da quién soy? Ya te he dicho dónde quiero ir, obedece- Exclamé.

– Oye, seas quien seas, yo no te obedezco a ti. Ni a ti ni a nadie. Mi navegante me indica dónde quiere ir y yo voy porque somos un equipo, somos un binomio. Tú no puedes ordenarme nada.

– Vale. Empecemos de nuevo. Mi nombre es Jan…

– No podemos empezar de nuevo, es físicamente imposible, no podemos viajar en el tiempo. No en este universo.

– Sí, vale. –Respondí, era una nave geminiana, no se le daban bien las metáforas. Y aclaré. – Me refería a que no me he presentado. Mi nombre es Jan…

– Eso ya lo has dicho.

– Sí, bueno. Deja que te explique qué hago aquí y dónde está tu du…legítimo navegante.

Durante los siguientes 45 minutos estuve explicándole cuál era mi situación, quién era y qué me había llevado a robar la nave y enviar al geminiano a Muney. Cuando acabé de contarle básicamente mi vida, la nave que respondía al nombre de Turk me planteó sus dudas, todas relacionadas con mi intención de ir a Jehim y la compra de bombas de vida. Le expliqué mis intenciones.

– Quiero terraformar una de las lunas más allá del cinturón de Anglada-Escudé.

– ¿Para esconderte? – Preguntó Turk.

– Bueno, de momento sí.

– ¿Cuánto tiempo tardarás en terraformar una de esas lunas?

– No más de seis meses, pero será habitable a los 15 días.

Un sonido seco y fuerte se escuchó procedente de la parte trasera de la nave, como si una compuerta se abriera y cerrara rápidamente.

– ¿Qué ha sido eso? Pregunté extrañado.

– Yo no he oído nada.

– Ahora la sorda eres tú. Bueno, da igual. Lo que te decía es que solo puedo conseguir las nuevas bombas de vida de la corporación si acudo a los mercados orbitales de Jehim.

Turk estuvo en silencio durante unos minutos Ignorando mis repetidas llamadas. Finalmente, volvió a hacer trasparente el panel frontal de la nave y pude ver dónde nos encontrábamos.

¡Frente a Jehim! Junto a uno de los miles de mercados orbitales que la rodeaban por todas partes, dándole un aspecto extraño pero espectacular.

Los mercados orbitales, naves descomunales dedicadas únicamente a la compraventa de objetos; naves, armas, cualquier cosa, flotaban en el espacio alrededor del planeta ya que era el único lugar donde se podían hacer negocios ya que en Jehim no se podía comprar nada.

Años atrás, cuando los gobiernos paralelos de Jehim decidieron prohibir la venta dentro de su territorio, los mercaderes se vieron obligados a salir a la órbita del planeta con sus naves y realizar las transacciones fuera del territorio Jehimení, bajo el manto legal de la corporación. Algo que los gobiernos paralelos y constantemente enfrentados de Jehim no podían prohibir.

Ahora la órbita de Jehim era un enorme centro comercial flotante, con naves separadas unas de otras y en las que se albergaban distintos tipos de mercados y negocios. Visto desde lejos, las estelas que las naves dibujaban yendo desde Jehim hasta los mercados y de uno a otro, parecían como hilos que las uniesen entre ellas y a estas con el planeta, de forma que más que estar suspendidas alrededor de Jehim, daba la sensación de que eran las naves mercado las que sostenían la esfera planetaria con unos alambres plateados que brillaban con la luz del sol que iluminaba lo que siglos atrás era conocido como el planeta Próxima B.

– Ya hemos llegado, ¿a qué mercado quieres ir, Jan? – Me preguntó Turk con un tono completamente amigable.

– Bueno, probaremos con el mercado orbital de Shimatur, pero… ¿por qué has cambiado de opinión?

– No he cambiado de opinión en ningún momento. Conocía tu historia, mi legitimo navegante anterior compartía conmigo no solo sus peticiones viajeras, también otros pensamientos y sé, por esos pensamientos, quién eres y qué intención tenía al encontrarte y llevarte ante el presidente de la corporación. Te estaba llevando desde el principio. Simplemente quería charlar contigo durante el viaje.

– Gracias Turk.

LA FÉNIX NEGRA

– No irá muy lejos. – Dijo el Geminiano mientras se servía una taza de agua caliente e introducía una bolsa de infusión dentro.

– ¿Cómo estás tan seguro? –Preguntó Cadena.

– Turk, mi nave, no va a hacerle caso. No es una máquina.

– Entonces, si no es una máquina, le hará caso.

Cadena salió de la sala de estar de la nave y se dirigió al puente de mando donde Mrck, sentada en su sillón de navegante, miraba el panel central con la información del viaje.

– ¿Dónde vamos?

– La nave del caza recompensas tiene un localizador. En menos de 15 minutos encontraremos a Jan.

– Tenemos que encontrarle, Mrck. Tenemos que encontrarle.

Cadena salió del puente de mando y se cruzó con el geminiano. Se situó tras Mrck y le acarició el pelo.

– Creí que no te volvería a ver. Y hasta cierto punto ya lo había asumido.

– Lo sé, Mrck.  La única forma de evitar que la corporación acabase con los dos era que cada uno fuera por su lado.

– Sabes que no estoy de acuerdo. Nunca lo estaré. Teníamos que haber ayudado a Lou con ese niño…

– ¡Estaríamos muertos, Mrck!

La contrabandista se levantó de un salto de su silla y se encaró con el geminiano.

– Sí, pero habríamos hecho lo correcto. Le dejamos solo, sin nadie a quien acudir cuando pasó por el momento más difícil. Sin ningún apoyo para llevar adelante el plan él solo. No pudo, ¿cómo iba a poder? Normal que decidiese saltar y acabar con todo. Prácticamente, al no hacer nada por él, le empujamos nosotros desde ese edificio.

– Su muerte nos ha unido, Mrck. Encontraremos al muchacho y seguiremos el plan. Acabaremos con Altus y con V.I.D.A.

Mrck volvió a sentarse en su sillón.

– Hemos llegado.

Dio el aviso por la megafonía y en unos segundos Cadena estaba en el puente de mando, mirando al panel frontal transparente de la nave hacia el espacio, donde una cápsula flotaba justo en el lugar en el que debería estar Turk con Jan dentro.

– Ha expulsado la baliza de seguimiento… – Dijo sorprendido el geminiano. ¿Cómo ha convencido a Turk?

– Te lo dije, si no era una máquina se pondría de su lado. –Sentenció Cadena antes de salir del puente de mando.

Una cosa. ¿Os acordáis de esto?:

FLASHBACK

Un sonido seco y fuerte se escuchó procedente de la parte trasera de la nave, como si una compuerta se abriera y cerrara rápidamente.

– ¿Qué ha sido eso? Pregunté extrañado.

– Yo no he oído nada.

Turk sí que lo había oído. Claro, de hecho, había sido él quien expulsó la baliza de seguimiento mientras viajábamos hacia Jehim. Se quería asegurar de que no nos siguieran. De eso me enteré ya en Endor, me lo confesó Turk entre risas.

Pero aún falta un poco para eso, es más, ahora estoy en un mercado orbital de Jehim buscando una bomba de vida y un desagradable comerciante, que debe tener clientes por castigo, me ha gritado un: “¡Eso no se toca!”  que aún hace que me duelan los tímpanos.

– Perdón, perdón. Estoy buscando bombas de vida.

– ¡Claro, enano! – Ríe, ríe muy fuerte…seamos sinceros, se descojona vivo de mí y entre carcajada y carcajada añade. – Lárgate.

Y yo me largo. A otro puesto, pero me largo.

– Creo que estoy siguiendo una mala estrategia. – Le comento por el intercomunicador de mi oreja a Turk.

– Muy mala, Jan. Comprar bombas de vida no es tan sencillo como comprar armas o motores de Gibarian. No te hace falta un mercado al uso, te hace falta un mercado negro y puede que estemos en el mercado equivocado. Deja que rastree.

Y así fue como Turk se puso al mando y trazó el plan. Volví a la nave y nos dirigimos a un mercado pequeño, que orbitaba junto a otro mucho mayor. Entré en la primera casa de ventas, tal y como se llamaban allí. La que Turk me había indicado. El vendedor era un tipo alto, de brazos muy largos y complexión tremendamente fuerte. Sin duda un gulna. Una aberración genética mezcla de humano y gorila. una reminiscencia de los últimos años del siglo 21, cuando la genética abarató tanto los costes que cualquier empresa podía fabricar a su antojo seres para determinadas tareas.

Desde hacía siglos los gulna habitaban la galaxia como especie propia, al conseguir su liberación tras la llamada Guerra de las especies. Junto a ellos muchos otros seres creados en laboratorio primero y en libertad después, lucharon a su lado para conseguir ser reconocidos como una especie distinta a la humana y obtener así la libertad. Esas especies creadas por el hombre en los albores del siglo 23, años antes de que la manipulación genética se prohibiera definitivamente, lograron la victoria y así fue como el universo se convirtió desde entonces en un collage de especies, muchas sin clasificar aun, pero todas procedentes del mismo lugar, la Tierra. Un lugar al que nunca regresaron.

En el acuerdo de paz con los gobiernos de la Hermandad de Planetas, un embrión de lo que sería más tarde la corporación, las especies consiguieron las licencias de terraformación de los planetas más allá del cinturón de Kuiper.

De esta forma los gulna, los Wokerdst, las esclavas  y esclavos sexuales Nibarin y otras especies diseñadas en laboratorio para satisfacer las necesidades tanto placenteras como laborales de empresas y ciudadanos, se convirtieron en independientes, empezaron a reproducirse y a sentirse orgullosos de lo que eran, sin renunciar a su origen y creando, gracias a él, nuevas religiones, mitologías y ciencias paralelas que, en algunos casos habían hecho avanzar a sus respectivas civilizaciones y, con el tiempo, a la nuestra.

Ni que decir tiene que a los humanos -a los que llamaban papulaquis en tono despectivo- nos tenían un poco de ojeriza en general y el dueño de la tienda a mí, en particular.

– ¡Deja de mirarme la cara y pide! – Gritó para sacarme de mi ensimismamiento.

– Perdón. Estoy buscando…

– ¡No lo digas! Pide que te acompañe atrás. – Terció Turk por el intercomunicador.

– ¡Habla! No tengo todo el día.

– ¿Me puede acompañar atrás?

El gulna, salió de detrás del mostrador y me hizo una señal para que le acompañase. Detrás de él yo parecía un muñeco articulado. Era enorme y su peso sería como cinco veces el mío. Llegamos a la parte trasera, una zona que hacía las veces de almacén y en la que adiviné ver, entre el mobiliario y las cajas, un catre, seguramente para los fortuitos encuentros sexuales del gulna con algún profesional del sexo.

– Vamos, ¿qué buscas?

-Bombas de vida. De última generación. De reacción rápida.

-Vale, ¿Cuántas?

Esperaba encontrarme mayor dificultad.

-Pues, no sé, la verdad es que nunca he terraformado nada…

– ¿Sabes al menos?

-Sí, estudio en la universidad V.I…

-Vale, vale. No quiero tu curriculum, solo asegurarme de que no se las vendo a un estúpido que al salir de aquí va a perder una y provocar una catástrofe. Ya sabes lo que ocurre si lanzas una bomba de vida en un lugar donde ya hay vida. – Hizo una pausa para aportarle más dramatismo a algo que yo ya sabía. – El fin de la vida.

– Sí, es de lo primero que aprendemos. No se preocupe. No pasará.

El dueño de la tienda hizo un gesto con la mano y la pared del fondo, la que daba cobijo al camastro desapareció y con ella todo lo que había en ese desordenado rincón. Era un holograma. Muy listo. Al desaparecer la imagen pude ver todo el arsenal enorme que se escondía allí. Armas, motores Gibarian, pequeñas naves, células de inteligencia tipo Nulex esperando a un dueño y, al verlo, me acordé del mío y, por supuesto de Cadena. De esa tarde que pasamos en Muney, sentados sobre la cabaña que nos dio cobijo. Viendo cómo las naves iban de un lado a otro mientras ella y yo charlábamos como si solo existiésemos nosotros dos. Fue una sensación…

– ¡Oye! No eres el único cliente.

Afortunadamente el gulna me sacó de mis pensamientos justo cuando empezaban a convertirse en una novela de Salverning Told, un autor de relatos románticos que convertía en melaza cualquier página que tocaba.

– Me llevaré dos.

Sacó una caja metálica dentro de la cual, al abrirla, pude ver dos pequeñas cápsulas de forma esférica. Había visto bombas de vida en la universidad, pero solo la carcasa, nunca bombas con carga real.

– ¿Cómo vas a pagar?

– Con propiedades.

– De qué tipo.

– Una nave geminiana.

– Estas de broma, ¿no? Solo un loco se desharía de una nave geminiana. Son las mejores de la galaxia…

– Pues llámame loco.

– Bueno. ¿Dónde está esa nave?

– En el muelle de Hex, a pocas casas de ventas de la tuya. Si me acompañas será toda tuya.

El gulna y yo nos dirigimos a Turk. Al llegar a la nave la puerta de cristal de Vex se abrió y entramos en su interior.

– Bienvenido, legítimo navegante. – Pronunció Turk con voz cálida.

– Hola, Niurg. – La salude con un nombre falso.

– ¿Quién es el invitado, Sayid? – Me preguntó Turk, usando un nombre falso.

– Tu nuevo navegante, Niurg. He decidido quedarme en Jehim una temporada y es justo que sigas tu aventura con otro amigo.

– Hola, nuevo navegante. -La voz de Turk sonaba tan sensual que me resultó algo incómodo.

– Ho, hola. – Acertó a pronunciar el gulna.

-Siéntate. Ponte cómodo, por favor. Estoy a tu servicio y haré lo que desees. Eres mi navegante.

– Si os parece, yo me voy yendo. ¿Me pasas eso? – Dije señalando la caja metálica con las bombas de vida.

El gulna me acercó la caja y se recostó en el sillón del navegante, no sin antes apremiarme con un: “Lárgate ya”

Salí del puente de mando y escuché cómo Turk profería alabanzas a cuál más falsa sobre el look del gulna. Me detuve junto a la puerta y esperé a que el plan de la nave surtiera efecto.

– ¿Quieres que me materialice para ti?

– Sí, vamos. No tengo mucho tiempo, la casa está abierta.

Frente al mercader se fue formando una especie de ectoplasma que subía desde el suelo y poco a poco iba a adoptando la forma de una mujer gulna alta, de caderas prominentes y pechos desafiantes. Estaba completamente desnuda. Su rostro era de tal belleza que cuando me asomé para ver la escena, me quedé sorprendido. Pero no podía mirar lo que pasaba, tenía que hacer mi parte del plan.

Turk, ya transformada por completo, se acercó al gulna, le agarró la mano y le levanto. Se apretó contra su cuerpo y éste empezó a manosearla. En ese momento la mujer dijo: “Abre”.

– Ya, ya. – Dijo el mercader confundido mientras le apartaba las piernas.

Pero no era eso lo que tenía que abrir. De hecho, el que tenía que abrir era yo… la compuerta.

Abrí el cristal de Vex de la compuerta que quedaba tras el puente de mando de la nave, al tener también la puerta de esa dependencia abierta. Turk, aprovechó ese momento para pasar de ser una bellísima mujer gulna a una masa informe de líquido espeso y pastoso que se apoderó del cuerpo del mercader hasta tal punto que, mientras esté gritaba, lo lanzó al suelo. La viscosidad del compuesto y la inclinación de la nave hizo el resto. El gulna, envuelto en la papilla biológica se fue deslizando y cayendo hacia la puerta del puente de mando. Primero salió por esta y luego por la que yo había abierto, la principal.

El gulna cayó en medio de la calle, rodeado de clientes y comerciantes que salieron rápido de sus respectivas casas mercado al escuchar el alboroto.

Lleno de “moco” por todo su cuerpo, el mercader empezó a gritar, maldecir y resbalar cada vez que intentaba levantarse. Lo que producía las risas de los presentes y, por qué no decirlo, también las mías que, desde la nave, le escuchaba insultarnos.

– ¡Hijos de perra! Os encontraré, sé quiénes sois, sé quiénes sois. Nunca olvidó un nombre. Sayid y Niurg, juro que os mataré.

La nave emprendió camino hacia mi próximo destino. La luna a la que ahora llamo Endor. La luna desde la que escribo este diario y en la que me encuentro ahora. Escapando de la corporación y también de mi destino. Pero ¿cuál es mi destino? ¿Ser quien acabe con V.I.D.A.? ¿Reencontrarme con Cadena? ¿Y si uno no pudiera existir sin el otro? ¿Y si para volver con ella tuviera que cumplir el deseo de mi padre? ¿Y si, al fin y al cabo, lo que hizo no fue criar a un clon, si no a un hijo? ¿Debería hacerlo? ¿Y si fueron los remordimientos por haberme condenado a una vida completamente dirigida a una finalidad los que le hicieron que saltara de aquel puto edificio? Entonces. ¿Le debo eso a mi padre? ¿Debo seguir con su plan?

 

 

La corporación V.I.D.A., nos obliga a informarte de que este sitio web utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de usuario. Si continúas navegando estás dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies ACEPTAR

Aviso de cookies