V

LA MUCHACHA

Donde van los desaparecidos II.

Autor: Amalio Rodríguez.

Ilustración: Amanda Paniagua.

Música recomendada por Nulex.

Unas líneas para mi Boba Fett:

 

El geminiano entró en la caverna de Hook, un local pequeño y poco recomendable si quieres estar alejado de los problemas. Iba sin su yelmo, con la cara al descubierto y despojado de armas. Se sentó a una mesa y esperó hasta que alguien se sentó junto a él. Era alguien delgado, aparentaba mediana edad y bastante alto. Le miró y él le devolvió la mirada. Le entregó una célula de inteligencia. El geminiano la guardó en su mochila.

 

-No suelo usar ningún tipo de dispositivo.

 

-Este te hará falta cuando lo encuentres.

 

-No entiendo tu motivación. Hace un rato estaba con tus superiores pidiéndome que mate a ese muchacho y ahora tú quieres…

 

-No hablemos de ello. Haz el trabajo y serás recompensado. – Interrumpió el hombre delgado y luego se marchó del local.

 

El geminiano esperó allí sentado consumiendo algo de licor de Nuz. Cuando se lo terminó, se volvió a colgar la mochila, con la célula dentro y se dirigió al muelle 123 para embarcarse en la lanzadera que le llevaría a la Clarence Vön I.

 

De vuelta a casa pasé, sin necesidad de hacerlo, ya que no estaba en mi trayecto, frente a la casa de Ribard. Estuve allí, discretamente oculto, durante unos minutos. Algo no me cuadraba, ¿quién era aquella muchacha? ¿Por qué reaccionó como lo hizo cuando le hablé de ella? Demasiadas preguntas sin respuesta.

 

Cuando estaba a punto de volver a casa le vi salir. Era él. Con el uniforme de obrero de la empresa de teleportación. Empezó a andar hacia mí, sin darse cuentra de mi presencia, y cuando estaba a escasos metros, presionó su insignia de teleportación y desapareció frente a mis ojos para aparecer, supongo, en su trabajo.

 

Todos los empleados de industrias de teleportación contaban con un servicio gratuito de teleportación, como era normal, era una de las formas de pago, teleportaciones infinitas durante el tiempo que prestasen servicio a la compañía.

 

No sé cuál fue la razón, pero me acerqué hasta la puerta, era una puerta de seguridad media. Entrar no era difícil, si sabías cómo hackearla y yo, gracias a algunos amigos de la universidad, había aprendido más cosas que a terraformar planetas.

 

-Nulex, protocolo de consola.

 

Nulex abrió una pequeña pantalla frente a mí. Lo suficientemente discreta como para no llamar la atención. Introduje los códigos de desarrollador. Era una puerta de cristal de Vex de desarrollador universal. Los códigos estaban en acceso libre si sabías dónde buscar en la red de V.I.D.A.

 

Tras unos segundos y probar varios códigos, la puerta se desvaneció delante de mí y entré.

 

La casa olía mal. Muy mal. Era un olor extraño, como si hubiesen dejado carne fuera de la suspensión fría y se hubiese podrido.

 

Di un par de pasos, inseguro y asustado… ¡Estaba en casa de otra persona sin su permiso! Otro delito a mi lista. Pero claro, tras el supuesto asesinato esto no tenía casi importancia.

 

Al fondo del largo, casi eterno pasillo, se escuchaba un sonido extraño. Una mezcla de sollozos ahogados con interferencias de radiotransmisor.

 

Lentamente fui acercándome a la entrada de la habitación de la que procedía el sonido. Cada vez se escuchaba más fuerte, sin duda alguien lloraba, sin duda el tal Ribard no vivía solo.

 

Doblé la esquina y me encontré con una escena difícil de describir. Tan difícil como aterradora.

 

En el suelo, sobre una alfombra de color marrón roída por el tiempo, se levantaba una mesa en posición vertical de un material parecido a la antigua madera. De ella colgaban unas cadenas y atadas a éstas el cuerpo desnudo de una muchacha, con una mordaza anuladora de sonido – que sin duda funcionaba mal – y que al verme abrió tanto los ojos por la sorpresa que casi se le salen de las orbitas.

 

Me quedé paralizado. Era la muchacha que había visto en la ventana, la misma ventana que, tras ella, me mostraba el encuadre contrario al que se veía desde mi nueva casa.

 

Empezó a gritar tras la mordaza y, gracias a su mal funcionamiento, pude adivinar lo que decía: “¡Ayúdame!”

 

Salí de mi trance y me acerqué a ella. Intenté soltarle las cadenas, pero no eran cadenas normales, eran una especie de cadenas con un cierre extraño, como un cuadrado con un orificio y una barra en semicírculo que pasaba por dentro de una cadena y se cerraba al otro lado del objeto cuadrado. Imposibles de abrir.

 

Tras un par de intentos desistí.

 

La joven me hizo un gesto con los ojos como indicándome la mordaza. Se la quité de un tirón, ahí no hubo problema.

 

– ¡La llave! Está en el cajón. – Dijo acalorada.

 

– ¿Llave?

 

– ¡La del candado!

 

¿Candado? ¿Qué era un candado? Pronto lo descubrí. Ese objeto cuadrado era un antiguo sistema de seguridad. Imposible de hackear para alguien que no tuviera su código, en este caso una llave.

 

Abrí el candado y la joven se desplomó, literalmente, sobre mis brazos. Era la primera vez que tocaba a una mujer desnuda y os puedo asegurar que así no era como me había imaginado que ocurriría.

 

-Vámonos. – Susurró la muchacha mientras intentaba ponerse en pie.

 

-Tra, tranquila, tranquila. – Articulé nervioso mientras la sentaba en el suelo.

 

La muchacha me cogió de la solapa y con una fuerza impropia a una joven de su corpulencia me acercó a su cara y me dijo: “Sácame de aquí ahora”.

 

Me levanté y la puse en pie como pude. Ambos recorrimos el pasillo que nos llevaba hasta la puerta. Cuando pasamos por una habitación la muchacha entró en ella y empezó a registrar un mueble lleno de cajones.

 

Sacó un lanzador de campos de fuerza. Me lo entregó y cerró mi boca, ante una posible queja, con una mirada.

 

Seguimos hacia la puerta.

 

-¿Qué está pasando aquí?- Pregunté desconcertado.

 

-Sácame de aquí, sácame de aquí. – Repetía ella.

 

-Nulex, cubre su cuerpo y obedece a su voz por si quiere hacer modificaciones básicas.

 

La célula procedió al instante, recubrió su desnudez con un polímero blanco que se ceñía a su piel como si estuviera pintado sobre ella. Sé que no era el momento de pensarlo, pero no lo pude evitar; estaba mucho más sexy entonces que cuando estaba desnuda.

 

Al sentirse vestida adoptó una actitud más confiada, levantó la vista por primera vez y me miró a los ojos con un gesto tan cotidiano como extraño para mí, viniendo de una chica, por no ser muy diestro con las de su género. Creí ver una leve sonrisa, pero cuando iba a devolvérsela vi cómo le temblaban las piernas y la agarré con más fuerza antes de que cayera al suelo.

 

No tenía ni idea de lo que estaba pasando, pero, fuera lo que fuera, debíamos darnos prisa en salir de esa casa. Más tarde me enteraría, habría tiempo de que me pusiera al día.

 

Cuando estábamos a punto de llegar a la salida, vimos frente a nosotros como se materializaba Ribarb. Con actitud preocupada. Sin duda su célula le habría avisado de que algo raro pasaba en su casa.

 

Nuestra cara de asombro no era nada comparada con la suya. Casi sin tiempo a reaccionar se abalanzó sobre mí con tanta fuerza que ambos caímos al suelo y con nosotros el lanzador de campos de fuerza. La muchacha se quedó a un lado, apoyada en la pared, sin fuerzas y llorando.

 

El primer puñetazo fue tremendo, no el primero de esa pelea, el primero de mi corta, hasta entonces, lista de peleas. Directo al pómulo derecho, sus nudillos contra mi hueso cigomático, no sin antes reventar las venas de la piel que lo cubren y provocarme, más tarde, un buen moratón.

 

El segundo puñetazo ya le fue más difícil al oponer algo de resistencia. Me defendí como buenamente pude. Primero situé los brazos entre mi agresor y yo, para impedir sus directos a la cara, luego lancé algún ensayo de puñetazo, con pocos resultados, más allá del ridículo ante la muchacha y evidenciar ante Ribard que esta era mi primera pelea.

 

No así la suya, se le notaba un luchador experimentado, como acababa de comprobar mi riñón izquierdo gracias a un crochet de derecha que me dejó unos segundos sin respiración y recibiendo puñetazos sin parar.

 

Su uppercut a la mandíbula y un grito sofocado fue mi canto del cisne en el mundo de la pelea cuerpo a cuerpo. Lo que pasó después lo sé gracias a la muchacha y fue algo así.

 

Ribard, sentado sobre mí, me golpeaba mientras la muchacha, apoyada en la pared miraba sin apenas fuerzas.

 

Cuando acabó conmigo, se levantó y se acercó a la muchacha. La agarró de una muñeca y la llevó, entre sollozos, a esa extraña plataforma de torturas para encadenarla de nuevo. Ribard empujó a la muchacha contra la madera.

 

-¡Quítate esa ropa!-Le gritó.

 

Y entonces sucedió lo inesperado.

 

-Nulex. Envuelve su cara. – Dijo la muchacha.

 

Ribard no entendía muy bien la orden que acababa de dar. El polímero creado por Nulex para cubrir su cuerpo desnudo salió despedido hacia la cara de Ribard quién, con ojos de pánico, se intentó zafar del velo que mi célula, a la que había ordenado que obedeciera a la muchacha en ordenes básicas, había creado para envolver su cara y con ella sus vías respiratorias, tal y como ella le había indicado.

 

El grotesco cuerpo sin rostro de Ribard iba de un lado a otro de la habitación intentando, sin éxito, deshacerse del polímero. Era una imagen angustiosa de no ser porque el protagonista de aquella situación, como sabría más tarde, merecía ese castigo y mucho más.

 

Desperté con los puntos de sutura aplicados por Nulex, a quien ella le había ordenado que me realizara los primeros auxilios.

 

Me levanté y vi a la muchacha, sentada frente a mí.

 

Estaba desconcertado y dolorido.

 

-¿Qué ha pasado?- Acerté a preguntar.

 

-Que me has rescatado. – Dijo ella sonriendo.

 

Tras unos segundos de silencio me acompañó hasta una pequeña habitación donde había un dispositivo de regeneración de V.I.D.A. Me tumbé dentro y tras un par de minutos mis heridas estaban completamente curadas, como si nada hubiera pasado, pero como si me hubieran dado, como habían acabado de hacer, una brutal paliza.

 

Nos sentamos frente al dispositivo y la muchacha me contó que llevaba encerrada tras esas paredes 22 años. ¡22 años! El tiempo que me dijo Héctor que hacía que Ribard se trasladado a esa casa. Pero, ¿por qué?

 

La secuestró Ribard cuando volvía de la Universidad V.I.D.A. 340, una tarde. Desde entonces nunca más volvió a ver el sol directamente. Ayer fue el primer día después de tantos años. La ventana se abrió repentinamente y ella, que no estaba atada, como solía ser habitual, aprovechó para asomarse, fue cuando la vi. No tenía intención de saltar, simplemente quería volver a sentir el sol en su cara, la brisa, sentir brevemente que volvía a ser libre, pero Ribard, una vez más se lo impidió.

 

La muchacha también me dijo que ella no había sido la única que había sido esclava de Ribard, hubo otras, pero él se cansó pronto de ellas y pasó de ser un secuestrador y violador a un asesino. Con el paso del tiempo ella se había acostumbrado y había aceptado su destino, pero tenía planes para acabar con su vida y lo habría hecho de no ser porque él la encadenaba tal y como yo la había encontrado, cada vez que salía al trabajo. “Ellas, al menos, pudieron huir de esto”

 

Noté en el tono de sus palabras que, en cierto modo, las había llegado a envidiar, aunque fuera de la peor forma posible, habían dejado de sufrir lo que ella, durante 22 años había soportado.

 

Me quedé impactado ante la confesión de la muchacha. Por la mente se me cruzó una frase de pronto, sin sentido, una frase que resolvía un misterio que recorría nuestra sociedad desde hacía siglos así que a sitios como este es donde van los desaparecidos. Esa larga lista de personas que un día, como por arte de magia, dejan de formar parte del mundo perfecto de la corporación y nunca más se vuelve a saber de ellos. Están en sitios como este. En casas de psicópatas, esclavizados, sirviendo a los deseos de alguien tan trastornado que es capaz de convertir la vida inmortal de alguien en una eternidad de sufrimiento. Solo pensarlo me hizo estremecer.

 

Cuando terminó de contarme su historia le pregunté si quería ir a ver a sus padres, pero ella me dijo que hacía años que sus padres habían abandonado la nave-mundo, se lo dijo Ribard. Se aseguró de buscar información al respecto y le mostró su casa, ahora, ocupada por otras personas. Una forma más de tortura de las muchas que había empleado con ella en aquellos horribles años de cautiverio.

 

No tenía dónde ir, así que la invité a quedarse conmigo un tiempo. Hasta que llegásemos a destino, entonces cada uno cogería un camino.

 

Salimos de la habitación y le pregunte por Ribard, ¿dónde estaba ahora? Me respondió que estaba con su jueguete favorito. No la entendí bien. Hizo un leve movimiento con la cabeza indicándome la dirección de la estancia donde la encontré a ella hacía unas horas.

 

Entré y en el centro seguía ese extraño elemento de tortura, pero encadenado a éste ya no estaba ella, sino Ribard.

 

Desnudo, con el dispositivo de anulación sonora tapándole la boca, encadenado a la madera, con los candados cerrados a las cadenas y éstas alrededor de sus tobillos y muñecas.

 

Sus ojos solo tenían un sentimiento fácilmente identificable. Más allá de la rabia que sentía por ella, por mí, más allá del odio, más allá de la desesperación, tras aquellos ojos el sentimiento más fácilmente reconocible, tal vez el único, solo era uno, el mismo que durante 22 años había sentido la muchacha día tras día. Ese sentimiento era el miedo.

 

-Llamaremos a seguridad para que proceda con su detención al salir. -Dije inocentemente.

 

-No. No llamaremos. Le dejamos aquí. – Dijo la muchacha mirándo a Ribard a los ojos.

 

Me pareció bien y más cuando escuché los gritos sofocados por el anulador de sonidos de Ribard al descubrir que ella no quería justicia quería venganza.

 

Me di la vuelta, me dirigí a la puerta con ella y cuando estábamos a punto de salir de lo que fue su cárcel le hice una pregunta.

 

– ¿Cómo te llamas?

 

Su cara esbozó un gesto, como el de quien ha perdido algo e intenta recordar dónde lo había dejado, y sus ojos se empezaron a humedecer.

 

-No, no me acuerdo.

 

Sacó las llaves de los candados que llevaba en los bolsillos del mono de trabajo que le había cogido a Ribard para vestirse con algo y las lanzó al depurador de residuos situado junto a la puerta. Al entrar por su apertura sonó el típico chasquido que indicaba que los rayos habían convertido el material lanzado en partículas.

 

Me miró a los ojos y secándoselos con el dorso de la mano me dijo:

 

–Llámame Cadena.

 

Cadena salió a la calle y yo con ella y en ese mismo instante, al verla de pie, con los brazos extendidos, el pelo suelto, el mono abierto hasta el ombligo y recibiendo su tan deseado sol en la cara, supe que tenía un nuevo problema que sumar a mi ya larga lista: me había enamorado.

 

 

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