II

La nave-mundo

El puto amo

Autor: Amalio Rodríguez. Ilustración: Amanda Paniagua.

Musica recomendada por Nulex.

En 2547 Clarence Vön, filósofa y antropóloga, propuso la teoría de los dioses dormidos en su libro We are gods. La escritora sostenía que la inmortalidad era el final de la raza humana porque, ¿qué había de humano en no morir?

Precisamente, si algo definía al ser humano era la propia finitud de su existencia, el hecho de saber que, en cualquier momento, el todo se puede convertir en nada. Para ella el conseguir llegar a un punto en la historia de la humanidad en el que ya no se moría significaba que el humano dejaba de ser necesariamente humano para convertirse en dios. Evidentemente los fundamentalistas religiosos – sí, sigue habiendo de esos –  se le echaron encima, literalmente. “Dios solo hay uno” decían. Aunque cada uno hablaba por el suyo. La Dra. Vön nos llamaba dioses dormidos. Para ellos los humanos siempre fuimos dioses esperando a despertar y ahora lo habíamos hecho. Era una idea romántica y poco filosófica que gustaba a muchos y aterraba a otros tantos. Sobre todo, a los que casi 75 años después de la publicación de su premiado libro la mataron.

A Clarence la mataron porque escribió algo que no querían que escribiera. La mataron por que lo que pensaba no le gustó a alguien y, sobre todo, porque “se atrevió” a compararnos con dios, con uno cualquiera.

Su asesino cumplió una pena de 50 años de cárcel y salió a la calle para seguir viviendo eternamente.

La sociedad se reveló ante esta injusticia y las manifestaciones de los pocos activistas que quedaban en aquella época consiguieron que V.I.D.A., cambiase la ley. “La pena no puede ser inferior al delito en un mundo donde, como la Dra. Vön dijo, we are gods” proclamó, en un aclamado discurso ante la Cámara de Ilustres, el presidente de la corporación. Así que se decidió que todas las penas de delitos que provocasen una muerte serían penados con la pena más dura para un dios: morir.

Pero, claro, cuando el único delito punible de una forma tan brutal era el de homicidio o asesinato, los demás delitos no lo parecían ya. ¿Qué impedía a la gente entrar a una tienda, robar e irse a casa? Nada. ¿Qué impedía a la gente entrar en tu domicilio y violarte? Nada. Las penas no eran suficientemente duras y entonces, al presidente adjunto de la corporación se le ocurrió una idea brillante (si eres un puto psicópata, claro). Todos los delitos se castigarían con la misma pena; la pena de muerte.

Lo que en un principio pareció una idea completamente descabellada y digna de una mente enferma, fue dando sus resultados. De hecho, de un día para otro se dejó de delinquir. Evidentemente seguía habiendo psicópatas, seguía habiendo ladrones, pero o no actuaban o lo hacían de una forma tan, tan esporádica y discreta que nadie se enteraba. Lo que aumentó de una forma alarmante fueron las desapariciones.

Y en esta huida desesperada intentando esconderme de V.I.D.A., descubrí cuál era la razón.

 

Salí al enorme balcón del Clarence Vön I, una nave-mundo de dimensiones solo comparables a una gran ciudad que viajaba desde Marte hasta Caronte, en uno de sus eternos trayectos por la Vía láctea.

Frente a mí el infinito. Con las manos apoyadas en la barandilla y las piernas temblando note la brisa artificial que golpeaba mi rostro mientras la descomunal nave avanzaba. Desde allí se podía ver, a lo lejos, tras la cúpula semicircular que daba cobijo a los tres balcones y al bosque a los pies de estos, el brillo de las ciudades flotantes del cinturón de asteroides (situadas, por razones obvias, tras éstos), las inmensas naves de carga de la corporación, con material, minerales, soldados y obreros viajando de un lado a otro. Descubriendo y colonizando.

La cúpula de cristal de Vex era tan transparente que daba la sensación de no existir. Parecía que realmente estuvieses de cara al infinito. La claustrofobia era imposible en un lugar como ese, precisamente por eso se había construido así esa nave, la primera de su generación. Una nave-mundo, como se las llamó por la prensa, donde podían construirse ciudades, carreteras, pistas aéreas, factorías, formar una familia…vivir. La Clarence Vön I contaba con su propio gobierno, dependiente, como todos, de la corporación V.I.D.A., pero con algunas concesiones autonómicas que le conferían la posibilidad de aceptar mano de obra para seguir su viaje. Era realmente impresionante. Nunca me habría montado en una nave así de no ser porque mi padre, mientras me sacudía el polvo del monte Olimpo me explicaba qué debía hacer.

– ¡No me jodas, papá!

– ¡Oye! Nunca me has hablado así cuando estaba vivo y no me vas a hablar así ahora que estoy muerto.

– Papá, reconoce que esa frase es bastante rara.

– Sí, pero ese no es el tema. El tema es que tienes que largarte del área de influencia de la corporación.

Reí, reí mucho.

– La única forma de salir del área de influencia de la corporación es hacer lo que tú has hecho, papá. V.I.D.A., está en toda la galaxia, en todo el universo, en todas partes. ¿Cómo coj…- Me frené -… ¿cómo voy a hacerlo?

Mi padre, o eso que se movía, hablaba, me recriminaba y me conocía tanto como mi padre me dijo que la única forma era embarcarme en la Clarence Vön I, que tenía un muy buen amigo allí que, seguro que me podría echar una mano, pero antes de ir a esa nave tenía que saber qué estaba pasando, qué buscaban los hombres de la corporación cuando fueron a casa y, sobre todo, ¿por qué hui?

– Creen que tú me mataste.

– ¡Eso no tiene sentido!

– Lo sé. Pero dudo que algo tenga sentido en este mundo ya.

– ¿Cómo pueden acusarme?

– Dicen que te vieron entrar en mi despacho ese día, Jan.

– ¡Yo, yo no fui a tu despacho!

– Lo sé.

– ¿Entonces cómo me van a ver entrar y por qué te iba a matar?

– He dicho que dicen que te vieron entrar, no que te vieran.

– N…no… entiendo.

– Quieren acabar contigo igual que querían acabar conmigo.

– Pero, ¿por qué?

– Por quien eres, Jan.

– Joder… ¡y no me digas que no diga joder! Es para decirlo muchas veces, de hecho, lo voy a hacer. ¡Joder, joder, joder, joder, joder!  Jo-der. Papá, llevó sin entenderte desde que empezamos esta conversación. ¿Acabar conmigo por quién soy? Aclárate.

– Pronto lo sabrás, ahora tienes que irte, esa nave no te va a esperar.

– ¡Papá! – Recapacité – Oye…esto…que…bueno…que se me hace raro llamarte papá. ¿Puedo llamarte de otra forma? ¿Por tu nombre? Bueno, el de él.

– Puedes llamarme como quieras, pero, ¿realmente quieres llamarme por su nombre?

Durante un instante lo medité. Hasta esa pregunta lo tenía claro. Le miré a los ojos y cerré el Nulex y con él la simulación 3D inmersiva, no sin antes responder con un: “Vamos a esa nave… papá”

Frente a mí se encontraba la Clarence Vön I. Descomunal. Era como si a una ciudad le hubiese dado por ponerse a flotar y en su parte frontal una gran burbuja se la hubiese tragado dejando a la vista de todos cientos, miles de edificios, tal vez millones. Luces, naves de desplazamiento personal surcando su interior y millones de seres ajenos a mis ojos como platos ante la presencia de la nave que les daba cobijo, seguridad y transporte. A mis pies se extendía una zona inmensa de vegetación, un bosque, con su río cruzando frente a mí. Esperé, junto a otros tantos miles de personas, en una ordenada cola, a que el cristal de Vex iniciase su apertura. Poco a poco, la inmensa burbuja empezó a palpitar, como cuando lanzas una piedra al agua, representando sobre su superficie la forma de una honda. Cada vez con mayor intensidad y acompañado de un zumbido suave, nada molesto, casi agradable. Lentamente se fue abriendo el lugar en el que la piedra imaginaria había golpeado el cristal de Vex y fue por allí por donde se empezó a mostrar el interior de la nave y pudieron ir entrando los primeros pasajeros.

Junto a la apertura dos soldados de la corporación identificaban a todos los que intentaban entrar, lo cual significaba que en cuanto llegase a su altura me iban a detener. Estaba completamente aterrado. Al final la idea de mi padre no era nada buena, nada de nada. Debió de dejar lo peor de su intelecto en esa copia virtual porque… ¡Qué cojones!

Alguien me cogió del hombro y me adelantó en la cola. Uno a uno nos fuimos colando a los que estaban esperando en la fila que nos miraban con gesto agraviado, pero en silencio.

Cuando llegamos a la altura de los soldados les saludó, estos le sonrieron y añadió como quien está acostumbrado a dar órdenes: “Tranquilos, va conmigo”.

Una vez dentro me soltó del hombro y abrazó mi cuerpo, porque mi mente estaba completamente en otro lado, tal vez en un retrete porque sin duda me había cagado encima.

– Hola, Jan, soy Héctor, el amigo de tu padre.

– ¡Tú lo que eres es un mamón! ¿Sabes el susto que me has dado? – Me salió de dentro.

Héctor, grande, gordo, con una barbilla tan cerca de la clavícula que no me dejaba verle el cuello, y juro que tenía uno, y unas manos en las que podría haberme sentado sin que me colgasen los pies, empezó a reírse, a carcajearse hasta que cogió aire, su risa se tornó en sonrisa, me miró y me dijo: “Acompáñame. Aquí estarás a salvo”.

Entramos por el bosque de la nave-mundo, a los pies de los balcones que, a modo de mirador se elevaban sobre nosotros dando la sensación de que se podrían caer de un momento a otro. Pero no se cayeron, claro. Cruzamos el puente sobre el río. Un río de aguas transparentes, como creo que nunca había visto, y llegamos a una pequeña nave biplaza que nos esperaba para llevarnos a la casa de Héctor. En el interior del vehículo, me confesó qué conocía a mi padre. Habían estudiado juntos y durante años habían formado parte de la LR, la Liga por la Revolución. ¡Un momento!

– ¡¿Mi padre un revolucionario?!

– ¿Crees que una corporación que domina todo el universo conocido no es motivo suficiente como para hacerle una revolución?

Joder, tenía razón.

– Ok, pero no contestes a mis preguntas con preguntas, ¿vale?  Repito. ¿Mi padre era un revolucionario?

– Tu padre siempre fue un revolucionario, como tú le llamas. Pero fue algo más. Fue alguien que siempre quiso lo mejor para ti y la única forma de conseguirlo era siguiendo con la LR, pero entrando a formar parte de V.I.D.A.

– ¡¿Un espía?!

Ahí sí que me había dejado completamente fuera de juego. Mi padre, el hombre más normal del mundo, con unas rutinas y unos horarios que seguía tan a rajatabla que se podría decir que él inventó el calendario, era un espía.

Pero qué espiaba, ¿por qué? ¿Para qué?…

– Bueno, llámalo así. Yo prefiero llamarle héroe.

Demasiados impactos, demasiada información, demasiados cambios, demasiado todo. Mi cabeza no daba para más. Me recliné en el asiento y le pedí a Héctor que me dejase descansar hasta que llegásemos a su casa.

– No vamos a mi casa. Vamos a la tuya. De hecho, ya estamos.

– ¿Cómo?

La nave se detuvo lentamente frente a un edificio de mediana altura en las afueras de la ciudad. La puerta se desvaneció cuando detectó mi ADN y Héctor se despidió de mí.

– Descansa, hijo. Mañana hablamos.

– ¿Cómo te encuentro?

– Oh, sabrás cómo hacerlo, no te preocupes.

La nave salió disparada hacia el cielo y al hacerlo miré hacia arriba y mis ojos se encontraron con una enorme y sonriente cara proyectada en el cielo de la ciudad a modo de cartel publicitario luminoso. Era la cara de Héctor y junto a ella unas letras fueron apareciendo poco a poco: “¡Ciudadano! El Gobernador de Clarence Vön I te desea feliz fiesta de independencia”

Mi padre un espía y Héctor, literalmente, el puto amo.

¿Qué podía ir mal en la nave-mundo?

Pues todo.

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