I

MUERTE EN V.I.D.A.

Empieza todo.

Autor: Amalio Rodríguez.

Ilustración: Almudena Yagüe.

Música recomendada por Nulex.

Como casi todos los días, mi padre se levantó pronto para ir a la torre de la corporación V.I.D.A., donde desde hacía más de 70 años prestaba sus servicios como ingeniero de biodiversidad, manipulación genética y estructuras del ADN.
Salió a la calle y, como todos los días, paseó desde nuestra casa hasta la entrada de la torre.
La mayoría de compañeros simplemente se tele transportaban hasta la torre, como todos los días, pero a él le seguía gustando andar, recorrer en silencio el corto trayecto que iba desde nuestro domicilio, en una zona destinada a los empleados y las familias de la corporación, hasta su oficina.
Nuestra casa estaba en una de las muchas colonias repartidas por todas las ciudades del planeta Tierra. En los otros planetas la estructura empresarial de la corporación variaba según la cultura, religión o ideología de sus habitantes.
Mi padre subió las escaleras de la torre, las de la entrada, enormes, imponentes, marmóreas, lo hizo, como todos los días.
Las escaleras eran dignas de una corporación tan poderosa que había sido capaz de pasar de dominar el planeta a dominar la vía láctea y de ahí el resto del universo conocido…que es mucho.
Mi padre subió los peldaños con la seguridad y confianza que le daban sus más de 245 años, 70 de ellos dedicados a V.I.D.A., lo hizo como todos los días.
Ni un solo día había dejado de amar su trabajo, nunca. Ni siquiera aquella mañana, cuando llegó al segundo piso de la torre de la corporación V.I.D.A., abrió la ventana de su despacho e hizo algo que no había hecho ningún otro día: saltó al vacío.
La caída le provocó la muerte instantánea.
Tal vez un segundo piso de una torre de oficinas no pueda parecer una gran altura, pero la torre de la corporación era una torre flotante. Se levantaba 250 metros por encima de las cabezas del resto de ciudadanos.
Esa torre era la máxima expresión de la ley del imperio por encima del imperio de la ley. Aunque, claro, la ley eran ellos.
Desde lo alto, con sus imponentes 100 pisos de altura y elevada otros 250 sobre nuestras cabezas, la torre, de Idilum negro y mármol del planeta Mina Sinex 25, daba la impresión de ser una enorme montaña que amenazaba con caer sobre nosotros en cualquier momento. Sus ventanas de cristal de Vex, también negras, no dejaban adivinar qué pasaba en su interior y en la fachada, a la altura del piso 50, a modo de logotipo de la empresa, una enorme representación de un planeta en el que se veían las raíces retorcidas y serpenteantes de un árbol, el árbol asfixiante e invasor de V.I.D.A.
Cuando llegaron a casa yo aún estaba dormido. Al colocarse frente a la puerta, el sensor de Nulex, la célula de inteligencia artificial polimórfica de la familia, se activó y me despertó con su impertinencia habitual: “Disculpa, Jan. No te molestaría de tu sueño reparador de más de 12 horas, de no ser porque hay alguien en la puerta”. Extendí la palma de mi mano para que Nulex flotase sobre ella en su forma esférica brillante. Miré la bola fijamente y le espeté un nada cariñoso: “Cállate”. Cerré el puño unos segundos y luego la dejé ir para que, mientras bajaba las escaleras que separaban mi habitación del resto de la casa, proyectara ante mí la cara de dos desconocidos con el uniforme de V.I.D.A., que se encontraban al otro lado de la puerta. Con un gesto de la mano aparté la proyección y esta se difuminó en el aire.
– Abre. – Le ordené a Nulex.
La puerta se desvaneció frente a mí y pude ver los gestos serios de los dos representantes de la corporación. Empezaron a hablar: “Tú padre” ¿Qué? “accidente” ¿Qué? “Caída” ¿Qué? “Lo sentimos” …
Y se fueron. Me dejaron allí, de pie mirando cómo se iban, pero sin apenas verles marchar. Inmóvil, sin saber qué decir y con una sucesión de pensamientos a cuál más absurdo sobre lo que estaba pasando. Quedé tan petrificado que, a veces creo que una parte de mí sigue ahí, viendo cómo, poco a poco, la puerta va apareciendo de nuevo frente a mí encerrándome en casa, una casa a la que mi padre no volvería nunca más.
Sin darme cuenta caí hacia atrás y Nulex se transformó a tiempo en una estructura acolchada sobre la que, durante tal vez mil años – metafóricamente hablando, claro – lloré.
El entierro de Salvador, así se llamaba mi padre, fue sencillo y con gran asistencia de compañeros de la corporación y de ciudadanos que, curiosos, querían ver cómo era un funeral.
Mi madre llegó desde Marte la misma tarde de la noticia y ahí empezó a cambiar mi vida por completo.
– Tu padre habría querido que siguieras en la universidad. – Me recordó mi madre cuando me vio sentado en el suelo mano sobre mano.
– ¿Quién te ha dicho que lo voy a dejar?
– Es normal que lo estés pensando, la noticia es tan impactante que un joven como tú se puede plantear mil tonterías, pero debes acabar lo que empezaste.
-Seguiré tu consejo, sabes muy bien cómo acabar con las cosas, las relaciones, por ejemplo, que se lo pregunten a papá y a tu novio marciano.
La mirada de mi madre no llegó a desintegrarme, pero estuvo cerca.
-Bueno, estás triste, es normal, todos lo estamos.
“¿Todos?” Pensé, porque de haberlo dicho, sin duda sí que me habría desintegrado.
Mi madre llegaba para quedarse y tendría que lidiar con ello porque, para bien o para mal, mi madre era mi madre. Aunque se hubiese largado a Marte para empezar una relación con un líder local y nos hubiese dejado a mi padre y a mí mirándonos a la cara y sin comprender qué estaba pasando. Aunque no se dignase a formar parte de mi vida y tuviese otros hijos a los que veía todos los días y adoraba. Aunque cada vez que pensaba en ella lloraba por dentro porque para mí nunca fue una madre. Estoy seguro de que habría recibido más cariño de una unidad de organogénsis artificial que de ella. Pero a pesar de todo eso era mi madre y tenía que aceptarla, que no quererla.
Me mudé a Marte, metí en un transbordador de mudanzas mis cosas, pocas, y en un abrir y cerrar de ojos estaba en el planeta rojo…que ya no lo era tanto. Me acompañaba la Nulex, nuestra célula de inteligencia artificial que era de lo poco que me quedaba de mi padre. Nulex había estado con la familia más de 200 años. Mi padre la instaló al comprar la casa que yo abandonaba ahora. En su memoria podía revivir cualquier momento de mi vida doméstica y también de la vida de mi propio padre y mi madre. Ahí vi sus primeros días de felicidad en la casa, cómo recibieron la noticia de mi próximo nacimiento, mi infancia, cuando jugaban conmigo, cuando reíamos…la felicidad. Pero también sus primeros desencuentros, sus peleas y finalmente, el abandono de mi madre. Lo había visto muchas veces y ninguna de ellas lo había entendido, pero ya me daba igual.
Sumergirme en la realidad pasada, sentarme junto a mi padre, en sus ratos de tranquilidad, cuando no había nadie en casa y simplemente se sentaba y veía sus viejas películas de Star Wars, leía algún de sus antiguos libros de papel o solo se quedaba mirando el techo, sentado en su sofá meditando. Eso me hacía estar junto a él de nuevo…aunque sabía que eso no volvería a pasar. Poco a poco estar en el pasado con mi padre, gracias a la memoria 3D inmersiva de Nulex, se estaba convirtiendo en una obsesión, pero no podía dejar de hacerlo. Pasaba más tiempo encerrado en mi cuarto proyectando la esfera de Nulex para entrar en esa realidad ya muerta, que, en mi propia vida conociendo a mis hermanos, por parte de madre, conociendo a su pareja, que parecía un tipo agradable y, sobre todo, perdiéndome lo que estaba pasando en el presente. Pero me daba igual, tenía tiempo, para ir a la universidad, tenía tiempo para conocerles, tenía tiempo…en concreto todo el tiempo del mundo….era lo único que tenía.
Pero, un día, todo cambio de nuevo.
Como era habitual en mi rutina marciana desde que llegué, me levantaba con la única obsesión de conectarme a la inmersión 3D de Nulex para pasar más tiempo con mi padre, un tiempo robado al pasado.
Aquella mañana no fue diferente, me levanté y tras unos segundos busqué la esfera Nulex, la puse sobre mi palma y le repetí la orden de siempre.
– Registro 3D inmersión.  Mi padre en casa, solo, leyendo, viendo cine, meditando. Entrar.
Frente a mí la esfera fue agrandándose, como hacía siempre, hasta tragarme literalmente: estaba en casa, de nuevo. Recorrí el pasillo hasta el comedor, al fondo estaba mi padre, le podía ver perfectamente. Cuando pasé por su despacho vi una sombra que se desplazaba rápidamente, me di la vuelta y entré al despacho. Allí, de pie, mirándome como si fuera consciente de mi existencia en esa grabación holográfica en 3D del pasado, estaba mi padre.
Me sonrió y casi me desmayo. Estaba frente a mí. Me acerqué. ¿¡Me veía!?
-¿Pu…puedes verme?- Farfullé.
– Claro, Jan, claro que puedo verte y no sabes lo que me alegra que tú también puedas verme a mí.
Di un paso adelante, instintivo, intenté abrazarle, pero no abracé más que, a mis propios brazos, ¿qué esperaba? Era un holograma, pero, un momento. ¿Si era un holograma, cómo podía verme y hablarme?
– No podemos tocarnos, Jan. Aunque me veas ahora, frente a ti, como sabes, estoy muerto. Descargué parte de mi memoria y algunos de mis conocimientos en Nulex. Sabía que lo llevarías contigo allá donde fueras, que iba a ser con tu madre. Pero…
-Un momento, ¿me estás diciendo que todo fue premeditado? Que no hubo accidente, que no hubo un problema con la ventana de Vex, que no estaba rota, que… ¿te suicidaste?
El silencio era demasiado incómodo hasta para el holograma de mi padre.
-Sí, Jan. Y no sabes cuánto siento lo que ocurrió, pero tenía que hacerlo…
– ¿Qué cojones dices?
– Esa boca.
– Eres un puto holograma, no puedes hacerme callar.
-Seré un holograma, pero de tu padre y no te consiento ese vocabulario.
-Vamos, no me jo…
– ¡Shiii!
-Te mataste, tú, un ingeniero que trabaja con genes, ADN, mutaciones, vida…vas y te matas… ¿por qué?
-Es largo de explicar. Pero te aseguro que lo entenderás todo cuando iniciemos el viaje.
-¡¿Qué viaje, papá?!- Dije sorprendido, más por llamar “papá” a un holograma que por el viaje en sí.
-Nos vamos, Jan, bueno, te vas. Tienes que irte, van a venir a buscarte. No cojas nada. Vístete y no te olvides de Nulex.
La imagen de mi padre se difuminó y la esfera se fue empequeñeciendo hasta quedar, de nuevo sobre la palma de mi mano. ¿Qué cojones estaba pasando? ¿Por qué se suicidó mi padre? Y ¿quién me iba a buscar y para qué?
-¡Jan!.- Gritó mi madre desde el piso de abajo.- Hay aquí unos señores de V.I.D.A., que quieren hablan contigo, baja.
Cogí la chaqueta, me la puse y apreté a Nulex en el interior de mi puño al cerrarlo. Ya estaban aquí, tenía razón mi padre pero, ¿qué querían? No me lo planteé mucho más. Salté por la ventana que se evaporó al hacerlo cerrándose de nuevo sobre mí y salí a la pequeña terraza que hacía las veces de balcón de mi habitación. Abrí el puño y liberé a Nulex.
– Vámonos.
La esfera adoptó rápidamente la forma de una pequeña nave Dkúbito monoplaza. Me tumbé boca abajo, de ahí su nombre, y se cerró sobre mí, dejando una abertura transparente alrededor de la cabeza para poder ver el recorrido.
– ¿Dónde? -Preguntó impasible Nulex.
-Pues, esto, a…
Escuché como mi madre golpeaba la puerta de mi habitación y gritaba mi nombre.
– ¿Dónde? -Repitió Nulex con el mismo tono y sin ninguna impaciencia.
-… ¡Lejos! ¡Lejos!
La nave salió disparada cual proyectil de fotones en el interior de un cañon de una de las naves de guerra de la corporación. Su velocidad no se notaba en el interior, mis vísceras seguían en su sitio a pesar que veía como todo se movía a mi alrededor, tan rápido, que los edificios, luces, personas y objetos que me encontraba a mi paso, viraban de sus respectivos colores a un blanco estridente y cegador.
De pronto, la nave se detuvo, se colocó en posición vertical y se fue difuminando de abajo arriba, para poder quedarme de pie. La esfera volvió a mi mano, la guardé en el bolsillo y escuché la pregunta de Nulex.
– ¿Suficientemente…?
– ¿Suficientemente qué? -Interrumpí aun temblando por el viaje.
– ¿Suficientemente lejos?
– Sí, bueno, no sé, ¿dónde estamos?
– Lejos, Jan.
De haber sido una de esas viejas películas que veía mi padre, ahora yo estaría en un plano corto, la cámara se iría alejando para ver cómo me encontraba en medio de una frondosa y elevada nada. Seguiría hacia atrás y descubriría que estoy en lo alto de una montaña, altísima. A mi alrededor y descendiendo por la inmensa colina; árboles de color naranja, amarillo, morado y por su puesto verde, aunque en Marte eso de la fotosíntesis, por culpa de la química propia del planeta, va de otra forma. Tras unos segundos el espectador de esa hipotética película descubriría que estoy en lo alto del monte Olimpo, un volcán inactivo, a 22 kilómetros y medio sobre el nivel del mar y a 58.000 kilómetros de casa de mi madre.
Allí solo, con una célula de inteligencia artificial polimórfica que, como acababa de comprobar, se tomaba las órdenes al pie de la letra, me di cuenta de que realmente no sabía de qué estaba huyendo.

La corporación V.I.D.A., nos obliga a informarte de que este sitio web utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de usuario. Si continúas navegando estás dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies ACEPTAR

Aviso de cookies