Ribard

El discreto

Autor: Amalio Rodríguez.

Ilustración: Amanda Paniagua.

Música recomendada por Nulex.

CLARENCE VÖN I

El complejo Venecia, una zona residencial donde los recién llegados podían instalarse un máximo de un año, antes de ser expulsados si no encontraban una forma de ganarse la vida o justificaban tener ingresos suficientes como para vivir sin trabajar.

Era un área amplia, con edificios a los lados de un lago enorme dedicado a distintas actividades; pesca, natación, buceo, navegar…Cada uno de los edificios, un total de seis, estaban ordenados en semicírculo alrededor de lago y de sus zonas verdes en el perímetro de este.

Mrck y el geminiano se quedaron en el edificio CV I y Cadena se despidió de ellos para seguir hasta el apartamento que le había asignado la autoridad de refugiados e itinerantes de la Clarence Vön. El suyo era el apartamento 03-J, en la planta 90, del CV III.

A pocos metros de ella Ribard la seguía. Cuando pasó por los tornos láser estos se abrieron al detectar su ADN. Ribard tenía acceso a todo, Héctor se lo había dado. Había registrado sus patrones genéticos para darle acceso a todos los niveles de seguridad de la nave-mundo.

Cadena, ajena a que su peor pesadilla caminaba a escasos metros tras ella entró en el edificio y se dirigió al apartamento. Su ADN hizo el resto, primero tornos, luego puertas y finalmente el cristal de Vex de su casa temporal, se abrieron a su paso.

Dejó sobre la cama la mochila en la que llevaba el Nulex y se quedó frente a la enorme pared frente a ella.

– Balcón.- Dijo con desgana.

La pared se tumbó hacia fuera y, a la vez, se convirtió en transparente. Cuando estuvo en horizontal, de sus laterales y frontal se elevaron unas paredes de Vex, pequeñas, para formar el balcón. Cadena salió y contempló el paisaje.

Los seis edificios formaban una plaza enorme rodeando parques y el omnipresente lago. Se tumbó en el suelo y lanzó un suspiro. Poco a poco el cansancio se apoderó de sus ojos, sentía, como si sobre sus párpados, se hubiesen sentado dos gulnas. Finalmente se durmió.

 

El cristal de Vex se abrió en el momento en el que Ribard se acercó a él. La habitación dejaba entrar la luz del exterior al estar abierto el balcón. En el suelo un cuerpo familiar, el de Cadena. Ribard sonrió al descubrir que estaba dormida. Esperaba que le recibiera con gritos, que no habrían servido de nada; tenía acceso total, las fuerzas de seguridad no habrían intervenido en ningún caso, pero, aun sabiendo de su impunidad, le gustaban las cosas tranquilas, aquellas que no implicaban de mucha violencia innecesaria, por eso cuando secuestró a Cadena, años atrás, lo hizo ayudado de un pequeño conmocionador. Un dispositivo que se colocaba en la nuca y que en un nanosegundo lanzaba una pequeña descarga eléctrica que dejaba sin conocimiento a la desafortunada víctima, aquel día a Cadena.

A Ribard le gustaban las liturgias sencillas, por eso la ató desnuda a su potro de torturas cuando aún estaba inconsciente y le colocó una mordaza anuladora del sonido. Para que cuando despertara el único sonido que se escuchara fuera el de los leves forcejeos contra la antigua madera al intentar liberarse.

Rodeó la cama y se sentó en ella, a escasos metros de Cadena, que seguía dormida. La contempló durante algo más de un minuto con gesto complacido, como de haber recuperado algo muy querido. Si hubiese sido alguien dado a mostrar sus sentimientos, sin duda, en ese momento habría gritado de felicidad. Pero Ribard no lo hizo, porque le gustaban las cosas tranquilas, sin escándalos. Por eso cuando abusaba de ella en aquellos días interminables para Cadena, la inmovilizaba en la cama, con unos dispositivos de correas gravitatorias y le anulaba el sonido de la mordaza de tal forma que era casi imposible ni oírla respirar.

Finalmente, se levantó de su improvisado asiento y se acercó a ella. Sacó de su bolsillo una pequeña cuerda de Limino, material con el que se fabricaban las coberturas de las naves por su ligereza y resistencia. Acercó su mano a la muñeca de Cadena lentamente, como un padre que arropa a sus hijos cuando ya duermen, para no despertarles. Preparó el lazo y se detuvo antes de que su mano hiciese contacto con la piel de Cadena.

En ese momento Cadena se desperezó, Ribard se echó hacia atrás. Ella se frotó los ojos y se incorporó mirando hacia el exterior, sin darse cuenta de la amenaza. Ribard aprovechó para abalanzarse contra su espalda con la cuerda y rodear con ella el cuello de Cadena. Sorprendida, flexionó su tronco hacia delante con tal rapidez que Ribard pasó por encima de ella y acabó golpeando la pared frontal del balcón.

El rostro de Cadena estaba desencajado; era él, otra vez. Le creía muerto, le dejó allí para que se pudriera en su propio potro de tortura, pero alguien le había encontrado y liberado. Se arrepintió de no haberle matado entonces.

-¡No vas a llevarme contigo!¡Nunca más!- Gritó Cadena.

-No grites, por favor. Sabes que me molesta.- Le recordó Ribard.

-De aquí solo va a salir uno vivo.- Advirtió Cadena.

-Oh, ¿crees que he venido a llevarte? No, pequeña, no.

-¿Qué demonios quieres?

-Está claro, ¿no? A ti.

-¡Puto malnacido!- Dijo Cadena acompañando la frase con un puñetazo que Ribard supo esquivar.

-Tranquila, pequeña. Voy a acabar contigo, pero antes nos divertiremos un poco. Bueno, me divertiré yo.- Dijo Ribard sonriendo.

Cadena mudó su rostro de rabia a orgullo. Miró de arriba a abajo a Ribard y le espetó un: 

-No me llamo “pequeña”, mi nombre es Cadena y te voy a matar.

Ribard soltó una carcajada acompañada de un derechazo directo a la mandíbula de Cadena que cayó al suelo inconsciente. Era buen luchador, sus años en las fuerzas de choque de la corporación le habían  servido para saber defenderse.

Se agachó ante el cuerpo de Cadena, la levantó del suelo y la lanzó sobre la cama. Recogió la cuerda que había caído al suelo con el forcejeo anterior y se sentó sobre la joven.

En ese momento Cadena alargó el brazo al interior de su mochila abierta y cogió el Nulex. Lo agarró fuerte con su mano mientras golpeaba a Ribard en la entrepierna, golpe que le obligó a caer al suelo casi sin respiración.

-Querido hijo de perra, ¿creías que después de todos los golpes que me has dado me ibas a tumbar solo con uno? Mientras me tuviste encerrada en tu puta casa no estabas violando y maltratando a una víctima, no, estabas creando a una superviviente, a una campeona, malnacido. No me has hundido, no has acabado conmigo, no, al contrario, me has creado. Y no sabes lo que has creado.

Cadena se acercó a Ribard y le soltó una patada en la cara. Luego le agarró y le abrazó fuerte, para que no se pudiera soltar y saltó con él por el balcón.

-¿¡Qué… qué haces!?-Preguntó Ribard asustado.

Cadena no respondió. Cayeron a gran velocidad y durante la caída, Cadena no dejó de mirar a Ribard a los ojos y sonreír. Cuando estaban a no más de 30 plantas de altura del suelo, Cadena apretó el Nulex en su mano y dijo: “Sácame de aquí” Se soltó de Ribard y cayeron por separado. Nulex adoptó la forma de una nave Dekúbito monoplaza y acogió en su interior a Cadena para llevársela de allí.

Ribard chilló durante toda la caída, hasta que, al tocar el suelo, se convirtió en una masa mezcla de sangre, vísceras, huesos y maldad. Pero durante su descenso caía gritando desesperado, creando gran alboroto entre la gente que desde el suelo y los balcones le veían estrellarse contra el suelo.

UNA HORA ANTES. DESPACHO DE HÉCTOR

Ribard apagó el comunicador y la imagen de Cadena, así como la habitación, fue desapareciendo lentamente. Se sentó en una de las sillas de Héctor y puso los pies sobre la mesa.

-¿Se lo habrá creído?- Preguntó el gobernador.

-Por supuesto, ¿no le has visto llorar?- Respondió Ribard.

-Ha sido una suerte que tuvieses esa grabación de cuando tuviste a la muchacha contigo.

-Lo tengo todo grabado, gobernador.

-Puto loco.

-Sí, pero soy muy útil.

-Quita los pies de la mesa, vale más que tú.

Ribard se puso de pie.

-Bueno, ahora saldrá de su escondrijo y vendrá a por ella. Ya tienes lo que querías. Soy libre.

-Supongo que sí.- Dijo Héctor, y añadió.- ¿Qué vas a hacer?

-Voy a ir a por ella y te pediría que me mantuvieses los privilegios de seguridad solo unos días más.

-Hoy es el último día. Tienes de sobra, sabes dónde está, tienes acceso al registro de entradas de refugiados e itinerantes.

Ribard no se despidió. Salió del despacho de Héctor con la intención de matar a Cadena. Al salir a la calle escuchó los gritos de unos niños que jugaban despreocupados junto a uno de los drones de vigilancia. Unos gritos bastante agudos y molestos que le hicieron taparse levemente los oídos. “¿No tienen padres estos niños? Y si los tienen, ¿por qué no les extirpan las cuerdas vocales? No se dan cuenta de que esos gritos molestan a la gente”  Meditó Ribard.

Una hora más tarde, cuando se encontraba a unos treinta centímetros del suelo, tras ser lanzado por el balcón por Cadena, pensó en lo inapropiado de sus gritos y la forma en que había llamado la atención a todos y dejó de gritar justo antes de impactar contra el césped del parque. Era lo normal, en alguien como él, que tan poco le gustaba el escándalo.

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